1.2.10

Mayo de 1971 (Carlos Chacón, Mito de Origen. Nuevas formas)

Las mañanas de principios de mayo de 1971 debían ser unas mañanas frías, porque John Lennon aparece en el estudio con abrigo, aunque no mete los brazos en las mangas, sino que lo lleva sobre los hombros, a medio quitar. También es una mañana de viento, porque lleva el pelo alborotado cuando los técnicos le ven entrar y le dan los buenos días y él, ausente, responde cualquier cosa. O quizás no ha dormido en absoluto, y de ahí la la cara descompuesta y el pelo despeinado. Tiene una expresión ausente y urgente, como si estuviese reteniendo un conjuro de magia que amenaza con esfumarse en cualquier momento.


Se quita el abrigo y lo deja en el sofá de la cabina, a continuación entra en la sala de grabación y los dos técnicos le siguen: no están acostumbrados a ese silencio, inaudito en Lennon. Unos instantes después aparece Phil Spector y le pregunta “qué tal, John”. Lennon ya está sentado al piano, mira a sus compañeros de estudio y en ese momento parece un niño tímido, que duda en mostrar un dibujo de trazos quebradizos. Dice que se le ha ocurrido una canción y empieza a tocarla como se toca, por primera vez, un cuerpo desconocido.


Do, fa, do, fa, nada del otro mundo, empieza a cantar como se canta a las once de la mañana. Al minuto los dos técnicos buscan algo donde apoyarse (tal vez han asistido a demasiadas revelaciones fallidas y ya son inmunes a las epifanías) y Spector bosteza y disimula. Lennon duda, se equivoca, se detiene y falla en algunas teclas. También duda con la letra. Alguien incluso chasquea la lengua, impaciente. Entonces se detiene, quizás porque se da por vencido o tal vez porque cree que el corazón de la canción ya ha sido revelado.


Los dos técnicos se miran, pidiendo mútua ayuda, pero nadie dice nada hasta que tiene que ser el propio Lennon quien pregunte “qué tal”, y entonces Spector, con la taza de café todavía en la mano, y con el gesto de quien tolera el capricho de un niño e intentando no resultar demasiado ofensivo musita “no está mal, tal vez quepa en el disco”.


- ¿Tiene título? - le preguntan.

- Bueno... Imagine.

El origen de la ignorancia (mito, nuevas formas)

El origen de la ignorancia (ejercicio nuevas formas, nuevos ámbitos. Karen Vinasco)

Al principio todos eran iguales, ni superiores, ni inferiores.

Sofo, decidió explorar, el Dios Cervanto lo iluminó para que aprendiera a escribir con el fin de que sus descubrimientos permanecieran en el tiempo. Le pareció entretenido a Sofo dejar algunos mensajes escondidos, sin embargo, previendo que su vida no era eterna y que tal vez algunos no tendrían el talento suficiente para descifrar sus claves indicó a su amigo Engreo los símbolos escondidos en sus textos.

Sofo vivió más de lo esperado, el tiempo suficiente para encubrir muchos hallazgos, no los ocultaba con soberbia, lo hacía por diversión, consideraba la futura felicidad de sus coterráneos al vislumbrarlos.

Al morir Sofo entendió Engreo que era el responsable de divulgar los códigos con eficacia, ya no era tan joven y si lo tomaba por sorpresa la muerte los escritos se entenderían como meras historias, perdería sentido el tiempo que le llevó a Sofo el estudio de los temas sutilmente enmascarados.

Emprendió Engreo su tarea con entusiasmo, le contó a su hermano Telo en primera instancia la historia que se escondía bajo dos o tres textos, al soltar la lengua tuvo la ligera sensación de perder estatura, veía a su hermano cada vez más parecido a él, iba expirándose ese aire de superioridad que siempre inhalaba al pasar por su lado, casi levitando.

Telo le insistió en nuevas reuniones que le permitiera interpretar el resto de los textos, Engreo indagaba con malicia su entendimiento y se reía ante los relatos novelescos de Telo. La risa lo elevaba, su pecho se hinchaba y para evitar perder altura decidió guardar en un cofre las claves secretas. Ya no todos medían lo mismo, el metro marcaba nuevas líneas distanciadas por unidades de conocimiento.

Sofo perdió su tiempo, fue reconocido por entretenidos relatos novelescos, pasaron muchos años para que algunos encontraran sus códigos, sólo algunos, los maestros, los compartieron.

sirg anigáP (Wílmar Cabrera Pinzón - Ejercicio sobre mito de origen, para Nuevas Formas)

sirg anigáP (Wílmar Cabrera Pinzón - Ejercicio sobre mito de origen, para Nuevas Formas)

Solo hay este muro, orum etse yah oloS. Todo es gris. En este lugar solo hay dos dimensiones. Nosotros somos un plano. Vertical y horizontal. Nuestra libertad para hacer algún movimiento está limitada por este espacio, pero somos libres. ¿Es un espacio? Parece que estuviéramos atrapados, pero fuimos, de forma sutil, trasladados aquí. ¿Cómo? Todavía no me lo explico. Somos libres dentro de esta especie de esclavitud. Vemos el mundo, del que fuimos sustraídos, por esta especie de ventana. Es gris como todo en este lugar. ¿Dónde estamos?

Poco a poco me voy dando cuenta. Aquí no hay noción de tiempo. Yo soy Dobleuve, en aquel otro mundo fui periodista. Llevaba una vida normal. Jugaba fútbol los domingos y entre semana corría detrás de la noticia. Entonces bromeaba con mis compañeros de redacción. Les decía que “esas cosas, que llaman noticia, siempre esperarían al periodista, pues la noticia sin periodista, no es noticia; en cambio, el periodista sin noticia, sigue siendo periodista. Tengo un carné que lo afirma”. Les decía y reía con sorna. Quería gestar el nacimiento de otro tipo de hacer periódicos. NPR le llamé. Nuevo periodismo relajado. Periodismo sin estrés. “Porque la verdad se inventa y la mentira es una gran falta de imaginación”, les repetía en medio largas jornadas de cerveza y café. Pero me tildaron de anormal. Por eso comencé a ponerle respuestas a mis entrevistados que no contestaban. A expresar opiniones que los protagonistas de esas noticias no decían, porque no les alcanzaban las palabras o la rapidez mental. Comencé a hacer ficción dentro de la realidad. ¿Acaso la realidad no es otra ficción avalada por los diarios? Hasta creamos, en contraposición a la seria y acartonada Unidad Investigativa, la leve e informal Unidad Especulativa de El Tiempo, el principal diario del país donde vivía. Nuestra razón no era ser fiel a los hechos sino a nuestra capacidad de crear hipótesis sin base real. Nuestra razón era ser fiel a lo escrito. Ahí fue cuando, los de aquí, establecieron comunicación conmigo. Yo no contesté, el hecho de que te contacten, ya es decir sí. El hecho de que te hablen los seres de este lado, ya es decir que estás aquí. Todo es gris. Cuando escribo, para que me entiendan los que vienen a ver esto, ísa ogah ol. Lo que al principio ratcader are olos, ahora ya lo hablamos. Y lo digo en plural porque no soy solo yo. Hay más como yo aquí. Hemos creado un idioma para comunicarnos. Y lo hablamos, suena raro, orar aneus. Pero uno se acostumbra. Además, aquí no hay tiempo.

El otro día conocí a CeChe. También en el otro mundo, como yo, era periodista. Y me contó algo parecido. Poco a poco fue metiéndole a sus historias -noticias para otros-, pequeños cosas que se inventaba. El color de una puerta, el color de una pared. Un gesto en la cara de una persona. “Nadie lo notó”, me dijo. “Es más, hasta llegaron a felicitarme por ser ‘muy observador, ahí radicaba el buen periodismo’. Yo no lo podía creer”. Y como el adicto a una droga dura, cada vez necesitaba más y con mayor regularidad, meter algo de su propiedad se hizo algo vital. Cuando no lo hacía, el artículo cojeaba. Así termino escribiendo noticias inventadas, en su totalidad, que a los lectores de ese diario les gustaban más que las escritas en otras secciones. “Este si tiene olfato de periodista”, decía su director, orgulloso, frente a toda la redacción. Creo que por eso está aquí.

Nuestros guardianes -no sé si esa es la palabra correcta-, como frailes de monasterio, van y vienen. A veces nos hablan. A veces no. Caminan entre nosotros. Los veo pasar de vez en cuando. Allí están. Deere: preciso y diplomático; Eefe: introvertido y sagaz; Jotace: joven y elocuente experto en muertos; Jotamas: veterano y experimentado con aires de Quijote; Jotai: elegante y de buen tono; Emeo: observador y crítico; Emege: he tratado poco con él; Josemi: sensiblemente poético; y Jotaa, este último es el que más habla, parece apóstol en el Día Final.

Aquí no comemos lo del otro mundo. Nos alimentan literalmente de lo que allá se conoce como libros. Lo último que me comí fue Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Bien podría definirse como un platillo de cocina experimental, tipo los que hacía Ferrán Adría, en el otro mundo. El plato de Martín-Santos es bueno, sabe a todo Madrid. No deja nada por fuera. Dan ganas de comer más, y eso que al principio no sabes que estás probando. Hay que rumiarlo bastante para que se digiera. ¡Ah! También nos dan letras como postre. Pero a mí no me gusta la hache, no sabe a nada.

A propósito de comida. No solo somos periodistas los contactados. También está Jotale, un chef que comenzó a hacer cosas nuevas en la cocina de Jerez, pero el pueblo le quedó pequeño. Tonice, un abogado que creó nuevas formas de interpretar el derecho, pero sus compañeros lo juzgaron y penalizaron. Emere, una filóloga que descubrió nuevas palabras, pero no fueron aceptadas y casi muere en la hoguera de la Real Academia de la Lengua, esa otra inquisición, con sus Torquemadas, que existe allá. También, entre otros, están: Efere, una marinera italiana que le puso nuevos nombres a mares por donde nadie había navegado antes, y su compatriota Emele, que fue expulsada de Cerdeña por tratar de conjugar una nueva lengua entra el sardo y el italiano. Tampoco hay que olvidar a Emely, un peruano lingüista que le ponía sonidos diferentes a las letras del establishment en su país y que tuvo, antes de estar aquí, pasar por el exilio parisino.

Hay otros, sorto yaH. Muchos más, claro; oralc sám sohcuM. Aquí, dentro, vamos y venimos. En estas dos dimensiones: vertical y horizontal. ejasnem etse rednetne arap esracreca la sarac sal namrofed es omóc, odnum-anatnev atse ed etnerapsart sirg le rop oev arohA. Si estás leyendo esto, quizás si esfuerzas tu mirada, me puedas ver entre líneas. Sí, aquí estoy. Mientras eso, yo estoy viendo tu cara deformarse como en esos espejos de feria o circo. Veo tu nariz gigante y tu cabeza chiquita. Casi que la puedo tocar.

A pesar de lo gris y lo limitado del espacio, me gusta estar aquí. Es estimulante. Sin embargo espero volver allá, donde estás tú. Cada vez estamos más alimentados, la especie de religiosos que nos guían me han dicho que nos devolverán cuando cada uno de nosotros pueda caminar sobre su propia letra. Cuando cada uno de los que estamos acá pueda escribir sus propias poesías, cuentos, ensayos y novelas. Cuando nos encontremos a nosotros mismos, que al final es como definir nuestro propio estilo. Por el color de aquí, del espacio que rodea este mensaje, Ahora solo tengo una pregunta: ¿Será que Josep Pla, en su momento, también estuvo metido aquí y de ahí El cuaderno gris?

Asensio y yo (Javier López, ejercicio de Nuevas formas y nuevos ámbitos)

Asensio y yo.

La última vez que vi a Asensio yo tenía veinticinco años. Ahora, cumplidos los veintiséis, seguimos sin coincidir. Para no exagerar, realmente solo llevo más dos meses y medio sin saber de él. Es un asunto incómodo pues, no obstante, se trata de mi compañero de piso. De pequeña, me enseñaron que las personas con las que vives deben ser algo más que las personas con las que vives. Recuerdo una época acorde a ese ideal, cuando convivíamos en el salón la mayor parte del tiempo que pasábamos en casa, cuando los compañeros de piso no se parecían a esa gente con la que coincides en el metro. Veíamos películas en el salón, compartíamos cervezas, reconvertíamos insulsas tardes de domingo en un nido de confesiones. De eso hace ya un par de años. Ahora, solo existimos en el estrecho margen de nuestras habitaciones y el salón se ha convertido en un páramo. Es la vida, que transcurre a tal velocidad que en poco tiempo debes redefinirte, replantearte el sentido de tu existencia, yo misma lo hago, y claro, no hay un alma que se arraigue a un lugar, no hay quién permanezca más de dos estaciones en un piso ubicado en la gran urbe. O quizás no tenga nada que ver con eso, qué se yo, quizás responda estrictamente a cuestiones prácticas y por eso la gente se va, quizás no les guste el frío polar del piso, el ventanal, que es inmenso y no nos hemos preocupado de ponerle cortinas o que tengamos un fregadero a baja altura y acabemos con las espaldas destrozadas. Del tráfico de rostros en el que de un tiempo a esta parte se ha convertido este quinto derecha, Asencio es el único que apostó fuerte por otorgarle una identidad, aunque como ahora, se trate de una identidad fantasma.

Hoy, su trabajo le ha absorbido esa esencia vital de la que hacía gala tiempo atrás. Los nuevos compañeros de piso, Eva y Jorge, instalados en sus habitaciones desde hace tres semanas, ni siquiera le han visto. Entienden que existe gracias a mis referencias, a mi nostálgica evocación hacia otros tiempos, a que me han añadido en su cuenta del facebook y han visto fotografías de Asensio cocinando espaguetis, en el salón, por los pasillos o una que tenemos cada uno con un sombrero. Porque Asensio es muy de llevar sombrero. De sombrero, gabardina y bufanda, para ser exactos. Me recuerda a John Turturro en aquella adaptación al cine de un relato de Stephen King. La realidad es que su aspecto ha cambiado. Ya no es tan jovial ni recuerda a un chico extraído de la campaña de marketing del pull&bear, ahora podría pasar inadvertido en una foto del paisaje urbano, sus tonos al vestir oscilan entre el gris y el marrón oscuro, a veces negro o verde cacería… pero los naranjas, amarillos, azul cian o rojo han pasado a mejor vida. Hasta su mirada era lánguida la última vez que lo vi.

Se nos hace difícil coincidir, a él lo explotan en el trabajo tarde y noche, yo estudio por las mañanas. Cuando me levanto, él duerme, cuando duermo, él ronda por el piso. Él es un amante de la noche y yo no sé vivir sin el calor del sol. Nuestro presente es un destello reminiscente desde que otra realidad se ha impuesto obligándonos a vivir a su manera. O de otra forma, cada uno se ocupó en su ritmo de vida y el resto quedó hacinado en algún rincón de la memoria. En abstracto, un piso compartido es el arte de compartir mundos. De elegir qué parte de ese mundo se puede compartir y qué otra conviene no hacerlo. Lo malo es cuando esos mundos se encierran en sus habitaciones y sólo se oxigenan en el momento de ir al baño, cocinar o poner una lavadora. De Asensio ya no recuerdo su mundo, será cuestión de sentarnos uno de estos días y tomar café al calor de la estufa, como antaño.

Al menos aún me quedan las noches, desde la vigilia sigo disfrutando con él, de los pasos de sus botas militares decididas a abarcar el eco del pasillo, del sonido del calentador de gas mientras toma una ducha, de esas inconscientes conversaciones que mantiene a altas horas de la madrugada a través de su teléfono móvil o del sonido de los platos cuando le da por fregar. Asensio siempre ha sido así, irregular como los dientes de un serrucho.

Y eso es difícil de entender. Su espectral vida ha acercado la paranoia a quiénes les rodean, Eva, sin ir más lejos, me abordó ayer preguntándome acerca de detalles intrínsecos a la vida de Asensio; que cuál es realmente su procedencia, que cómo se llamaba su última pareja, el número de su talla de zapatos… como si yo lo supiera todo de él. Quizás se sienta atraída por Asensio y crea sabiendo más, aumentarán sus opciones a la hora de acercarse a él. Y no se trata de eso. En realidad, uno es libre siempre y cuando respete las libertades ajenas. Y Asensio nunca ha infringido esa norma básica, por tanto, no podemos exigirle una convivencia comunitaria ahora que anda tan ajetreado, siempre trabajando. Si comparte la vida a sorbos, es asunto suyo. Por eso me extrañó también que Jorge viniera quejoso porque la habitación de Asensio siempre estuviera cerrada. Y más que lo estará si anda fisgoneando. Además, es de lo más normal si andas un par de días de viaje o te quedas en casa de algún amigo.

De cualquier modo, esta mañana he entrado en su habitación para procurarle algo de ventilación. Como habitúa, sus persianas estaban echadas y parecía de noche. Apenas había ropa y sobre su cama yacían revueltas las mismas sábanas que cuando llegamos al piso, qué tiempos aquellos. En la mesa se contaban algunas latas vacías de cerveza y nada más. Ha quitado incluso los posters que adornaban la pared, ¿redefiniéndose, quizás? Ay, Asensio, siempre viviendo con lo mínimo, entendiendo que la vida no descansa en lo material sino justo en otra parte, qué será de mí el día que decidas irte de veras.

Mi versión del origen del incendio (Belén Roldán)

Te estaba esperando. Apareciste cuando apenas quedaba un trago del té en el que había bañado unas galletas, en la cafetería del museo. Cuando me viste yo tomaba notas en mi cuaderno, sentada en una butaca blanca y, antes de eso, había estado observando con interés a un niño y una niña que correteaban frente a mí. Su juego me hizo pensar en algunos tópicos sobre los sexos, se les veía en mundos aparte y puntualmente complementarios. Escribía esas ideas cuando apareciste.

Me levanté en seguida, ruborizada ante la idea de que hubieras estado mirándome un rato antes de acercarte; ahora sé que te gusta mantener siempre los ojos abiertos cuando yo no te miro. Los dos besos en la mejilla me parecieron una especie de aterrizaje y despegue al mismo tiempo. A penas nos conocíamos y hacía un mes de nuestra primera cita más bien amistosa, lo suficiente para saber que éramos libres y que nos teníamos ganas. Por quedarme a solas un momento con el placer del encuentro, te pedí que te adelantaras a la sala de exposiciones, con el pretexto de acabar mi té. Me senté de nuevo un par de minutos y luego, como para vengarme de tu ventaja en la cafetería, entré en la exposición y me fui acercando a ti, por detrás, muy despacio. Estabas muy atento a unas fotografías y, mientras, yo tenía el poder de acecharte sin reparo ni permiso, de explorar a tus espaldas el contorno de tu cuerpo y aprender a reconocerte, a pocos metros de mí y tan a tiro. Yo te observaba y me imaginaba la callada tensión de tu expectativa. Ahora tú me esperabas.

Una de las situaciones que me parece más erótica es la de una segunda cita en el museo. Resulta excitante saberse acompañantes y obligados, por el rol de espectadores de eso otro que se impone, a posponer el momento del verdadero cara a cara, pero bajo el mismo techo. La sala de exposiciones es un recipiente público de intimidades, propicio al origen del deseo. Como en una probeta, permite dosificar la justa medida de presencia y ausencia, de palabra y silencio, de miradas y roces todavía disimulados. Cuando la exposición se despliega además en varios espacios, le suma al juego el éxtasis de las esquinas, los umbrales, los cuartos oscuros en los que la luz de una proyección deja ver lo justo de los cuerpos. Si no acabábamos en la cama aquella noche la culpa no sería mía ni de empezar por ahí.

Ya había anochecido cuando salimos a la calle. Nos esperaba un paseo en moto hasta el centro de la ciudad, conmigo al volante. Pusiste en mis manos decidir sobre los lugares a los que podíamos ir y yo había resuelto dejarlo a la improvisación y algunas ideas sueltas, materiales inflamables por si se terciaba el incendio. Fue un viaje rápido, sin abrazo por detrás, que nos aireó un poco y nos llevó en busca de algún lugar donde el alcohol pudiera propiciar un ambiente relajado para retomar la tarea de conocernos.

Lo encontramos en una terraza en cuya existencia caí cuando la teníamos casi en frente. Era una buena opción, un bar a la intemperie pero resguardado del frío, rodeados de verde y de las piedras de un antiguo hospital, habitado ahora por libros. Vino tinto para mí, cerveza para ti y el tabaco sobre la mesa. Poco a poco fuimos entrando en calor y soltando las palabras, las historias, las dosis justas de pasado, presente y futuro. Sacaste el tema de los amantes y los amores, un poco pronto para mi gusto. Conocer demasiados detalles sobre la vida sexual o sobre las torpezas emocionales que irremediablemente todos tenemos que confesar, si queremos ser honestos, cumplidos los treinta, puede convertir la cita en una especie de terapia. Yo opté por hablarte solo un poco de los amores, y tú combinaste algo de ambas cosas con los detalles justos para situarte en el terreno del solitario por cansancio del amor, pero amigo de las aventuras. Me quedó claro y me pareció bien.

Como el etanol en sangre había ido subiendo después de dos rondas, optamos por cambiar de escenario para la tercera. Tus ojos no se habían distraído ni un momento de los míos que, más huidizos, iban buscando rutas alternativas. Si recuerdas, fue al salir del bar cuando de golpe hubo el primer instante de miradas mantenidas, y yo te dije que notaba los efectos del vino y tú respondiste que tenía las pupilas muy dilatadas. En realidad lo que pensé en ese momento fue en francés, herencia de un pasado de inmersión lingüística y sexual en el país vecino, porque disimula en una fonética dulce las ganas de provocar la detonación: tu m’allumes… es así de simple.

Me callé, y empezamos a andar por las callejuelas del Raval, hasta que pasamos por delante de un pequeño bar viejo y mugriento, lleno hasta los topes, donde iba a empezar un recital de poesía. A mí me apetecía entrar, te pareció bien. Con dificultad y, esta vez sí, con un obligado y bienvenido contacto físico, logramos situarnos al final, junto a la barra y con un pie, más bien ambos, en la esquina improvisada que serviría como escenario y de donde resultaría complicado salir antes del final. Reconozco que asumí un riesgo considerable echando ese tipo de leña al fuego; antes de aquel día nunca te había interesado mucho la poesía, y si no hubieran sido buenos los poetas podría haber perpetuado o incluso fomentado tu desinterés por ella, o por mí. Pero estuvimos de suerte y añadimos aquel espectáculo al museo y la terraza, y le sumamos la tercera ronda a la gradación creciente del deseo.

Después del recital recuerdo solo una aceleración progresiva de los acontecimientos, una reacción explosiva en cadena que animada por un viento favorable desembocó en un incendio declarado, previsible. Te lo resumo como lo sentí, en montaje por corte: pienso qué buenos estos poemas y verte aquí en medio de toda esta gente, se acaba y tenemos hambre, salimos y compramos algo para llevar, comemos y entramos en un bar de copas donde la cuarta es ya la de ron y las distancias se acortan, y tú me miras y yo te miro, y sigo pensando en francés y salimos a la calle y otra vez me toca decidir adónde te llevo, y llegamos a mi moto, nos ponemos el casco, y te propongo llevarte a mi casa, y te parece una gran idea, y me pones las manos en la cintura, y me besas en el ascensor del aparcamiento y cuando entramos por fin en territorio seguro, todas nuestras cargas inflamables le prenden fuego a la casa, nos rodean las llamas y, sin buscar la salida, nos quedamos dentro en pleno incendio.

Lo que viene después de eso siempre sucede sobre las primeras cenizas. Por eso quiero dejar la carta en ese punto de origen, para preservarlo del resto como en un tubo de ensayo. Ahora que te quiero, que prendemos fuego a la casa casi todos los días y sin extintores, vuelvo a la primera vez y sé que solo durante aquellas horas sobrevivió la posibilidad de un final feliz.

Y luego las llams y los hielos de los infiernos (Noves formes, nous àmbits; A. Grabulosa)

08:00:00

Lo previo es siempre cagar. Llegar a la oficina, colgar el abrigo e inaugurar ese retrete que todas las noches, sin falta, es limpiado, desinfectado y desodorizado. Prefiere utilizarlo antes que nadie. Se apresura para que así sea. Ser el primero tiene sus ventajas. Cagar confortablemente, higiénicamente. Cagar felizmente y agradecidamente a quienquiera que sea el artífice de la limpieza. Cada mañana, sentado en el impecable retrete, sin saber muy bien por qué o fingiendo no saberlo o sabiéndolo aunque privándose de reconocerlo, imagina a una chica joven y emigrante, tal vez árabe, tal vez dominicana, de piel morena en cualquier caso, empujando un carrito repleto de líquidos y enseres hasta ese sucio rincón del piso 99. La imagina con un culo enorme bajo la falda azul y con un rostro casi porcino. La imagina remojando, frotando, secando, perfumando. Sudorosa, ella. Imagina su fatiga, sus andares paquidérmicos, su habla defectuosa, hasta sus tarareos y sus tartamudeos resuenan en esos actos rutinarios de fabulación. Los demás actos rutinarios se cumplen siempre metódicamente: hojear el periódico de principio a fin, tirar de la cadena y salir del baño sin volver la vista atrás.

08:14:00

Los de arriba son los grandes y los de abajo los pequeños. Los de arriba, los del banco de inversiones Cantor Fitzgerald, ocupan enteras las plantas 101, 102, 103, 104 y 105. Los de abajo ocupan dos sectores insignificantes de las plantas 99 y 100. Los de arriba cuentan con 658 empleados y gestionan incalculables patrimonios del mundo entero. Los de abajo cuentan con 21 empleados y gestionan humildes carteras de ahorro familiar. Para los de arriba, los de abajo son los hippies de las finanzas, pues invierten en acuicultura, molinos de viento, placas solares, centrales hidroeléctricas, cultivos ecológicos, ganado ecológico, harina ecológica, tulipanes holandeses, biocombustibles, plantas desalinizadoras, parques de investigación científica y grandes cooperativas. Los abajo, los hippies, todavía no disponen de mote alguno para designar a los de arriba.


08:19:43

Tras la mesa del despacho, un enorme y límpido ventanal. Tras el ventanal, la casi reverberante bahía de Manhattan, el casi eterno puente de Brooklin y un casi océano sin casi fin de ladrillo rojo y esquinas gemelas. Mucho más allá, donde los ojos sufrientes apenas alcanzan, parques de atracciones, norias astronómicas y el decadente ánimo de Coney Island.

08:21:00

En los anaqueles, gruesos y tórridos volúmenes de finanzas, derecho, economía y anatomía de la globalización. Libros de tapa dura y texto venenoso. Lecturas insufribles, mas indispensables. Hubo tiempos mejores. Por lo menos eso sospecha la bendita memoria, la muy bendita prostituta. Hubo tiempos vertiginosos y vibrantes. Tiempos para la diversión y la desobediencia, para la literatura y la revolución. Para la irreverencia. Para el sexo y el libertinaje. Sin embargo, de todo aquello, poco queda. Poco, o casi nada. Tan solo algún ligero escalofrío ante la rebeldía, algún antídoto contra el embotamiento, alguna pataleta casi risible, el recuerdo de un mayo incendiario, de una ideología omnipotente, de una clase obrera agitada, espoleada, sublevada, valerosa. Solo eso queda. Eso y tres montones de chatarra: uno para las promesas violadas, otro para las palabras indecibles y el último para las citas aprendidas y medio olvidadas: Fui a los bosques porque quería vivir sin prisa. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. Abandonar todo lo que no era vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido.

08:23:38

En la agenda, una fecha: 11/09. Escasos compromisos para este martes soleado. Algunas llamadas pendientes. Algunas gestiones impostergables. Un envío. Un desayuno a las diez y media. Una visita a las doce. Comida italiana. Por la tarde, dos clientes y una reunión.

08:24:46

En el escritorio, una foto de familia: él, la esposa, el hijo y un bello paisaje otoñal. No es lo que parece ser. El fondo es un decorado. Las sonrisas son sólo un amago, una concesión a la insistencia del fotógrafo. El hijo, a quien cree querer, es medio inútil y tartamudo. Un chaval atascado en demasiados sentidos. Un laberinto de oraciones inalcanzables, de actos fallidos, de tropezones. Un atontado, a su pesar. Tres meses atrás, sin ir más lejos, se graduó en la universidad. Durante los días siguientes mandó 731 sobres con su currículum y desde entonces permanece tumbado en el sofá esperando la llamada de la suerte. La mujer, a quien cree amar, vive obsesionada con el bienestar, con mantener el cuerpo en solfa y la mente en equilibrio: respirar, meditar, relajar, estirar, nutrir, fluir. Y su gran fijación: cagar. Cagar entre dos y cuatro veces al día, cagar fino y sin esfuerzo. Cagar como quien bosteza. Celebrar la gravitación y los prodigiosos efectos de ese cóctel de prebióticos y probióticos que complementan su dieta. Inulina y Lactobacillus. Cebollas y yogures. Semillas y fermentos. Cada noche, antes de acostarse, hay un momento para el diente de ajo y los agrios comprimidos de Bifidum, para el regocijo intestinal y el delicioso recuerdo de los pedacitos de mierda que ha ido depositando por ahí a lo largo del día.

08:33:59

Tiene una amante, aunque prefiera ir de pesca. Tiene amistades, aunque prefiera las moscas. Tiene amigos para el ocio, para el diálogo, para las compras, aunque prefiera el tedio, el silencio, ir sin ropa. Incluso tiene amigos para las putas, aunque prefiera la amante, a falta de pesca, a falta de moscas.

08:37:06

Los mercados se desperezan y las cifras empiezan a fluctuar. El día arranca lento. La actividad, por ahora, es menor a lo habitual. Desde su escritorio domina todas las mesas y todos los empleados. Sabe perfectamente cual de ellos se levantará para invitarle a un café, cual se disculpará por el retraso, cual espera un gesto de gratitud por haber plegado tarde ayer, cual inventará una excusa para escaquearse, cual se hará el ofendido, cual le mareará con tonterías, cual le consultará un trámite banal y cual sacará el tema de los deportes, sabe cual hará su trabajo y cual hará el de los otros, sabe cual le sacará de quicio, cual padecerá un amago de pánico y cual no se alterará ante la presión, sabe cual se quejará de su esposa y cual lo hará de un compañero, cual es el apocado y cual el engreído, sabe cual lo adulará y cual lo juzgará, sabe detectar la ingenuidad y la astucia, sabe ser perspicaz ante el honesto y bobo ante el mentiroso, sabe ceder y amedrentar, sabe como comportarse y como tratar cada asunto. Vaya rebaño, piensa.

08:41:00

El mundo se ha convertido en un lugar demasiado previsible y, a sus cincuenta y tantos años, teme el dolor y el sufrimiento, pero no la muerte. Sin duda, y lo sabe desde hace tiempo, la reconocería de un solo vistazo (estar preparado y ser receptivo son casi la misma cosa), la saludaría como a un viejo amigo (aunque sin excesivo ímpetu) y emprenderían juntos el camino hacía la nada o hacia cualquier otra parte. Si le hubiesen dado a elegir, probablemente se habría decantado por algo instantáneo e imprevisible, aunque convencional: tal vez un accidente atroz, una debacle en el corazón, dos disparos certeros por la espalda. Bang, bang. Pero jamás habría llegado a acertar un final tan hermoso. Jamás habría llegado a pensar que la muerte, que su muerte, acudiría al festín en traje de etiqueta. El trasto descomunal de American Airlines, con el fuselaje plateado resplandeciendo bajo un sol increíble, se dirige hacia el piso 99 de la torre norte a más de 700 Km/h. El rumbo está fijado y no hay maniobra rectificación posible. Sin embargo, a diferencia de los otros (de los que chillan, de los que intentan escapar), él no grita, no huye. No hay tiempo para mucho más. Permanecer tras el ventanal, ajustarse la corbata y contemplar, en última instancia, la expresión serena del piloto, un chico joven y emigrante, tal vez árabe, tal vez dominicano, de piel morena en cualquier caso. Entonces, ya entre nubes de fuego y aludes de chatarra, un pensamiento casi póstumo, una cita aprendida y medio olvidada:


08:46:40

Dejadme decir para empezar que no perdono a nadie. Os deso a todos una vida atroz y luego las llamas y los hielos de los infiernos y un honroso recuerdo en las execrables generaciones venideras.

Mitonecrologia (Noves formes i nous àmbits- Helena Ortiz)

Mitonecrologia (Noves formes i nous àmbits- Helena Ortiz-)

—No els diré res, donin-me un tros de paper i un boli—.


08.00 Cau com un pes mort a l'altre extrem del llit. Tuf a alcohol i a tabac, em repugna. 
08.05 No ho puc reprimir, vesso un got d'aigua damunt del seu rostre, ni es mou. 
08.20 Surto de la dutxa, està al llindar de la porta observant-me, no ha baixat la tassa del water, li ho dic. 
08.21 Surto de labavo com puc, m'està magrejant i em repugna i aquesta vegada no callo, comença a cridar que només volia follar-me. 
08.24 Em vesteixo ràpidament mentre continua cridant que què se n'ha fet de la golfa que va conèixer, el deixo dir. 
08.30 No prenc cafè pararé a la granjeta del costat de la feina. Tanco la porta d'un sol cop. Ha passat la nit en un d'aquells clubs que tan li agraden, n'estic segura. Em repugna. 
08.55 A la cafeteria, el Pepe m'allarga el diari, a primera plana hi ha una fotografia d'un edifici en flames: tres morts i set ferits de diversa consideració. N'estic segura, avui m'espera un dia dur. 
09.05 Rebo una trucada dels de dalt, els Mossos volen un segon informe de l'estat del cos i els familiars ja ens han fet arribar una fotografia de la víctima. 
09.20 Obro la bossa que conté el cos i el col·loco damunt de la taula llitera. Em repugna la seva imatge, tants anys treballant i encara se'm remou l'estòmac. 
09.30 Em truca la Maria preguntant-me on està, no ha aparegut a la feina i els caps estan cremats amb el seu comportament reincident, que està desconcentrat i que ja han pres una decisió: aquesta és l'última vegada, d'aquí a les llistes de l'atur. El que faltava!
09.50 La Pili baixa una còpia de l'acte de defunció i la fotografia que li han donat els familiars. Avui té xerrera i jo no tinc paciència, m'encenc amb tantes interrupcions, així no hi ha manera de treballar, li crido. 
10.00 Poso en marxa la grabadora i començo la inspecció del cadàver: Dona de trenta anys. El vuitanta per cent del cos presenta cremades de segon i tercer grau profund, la roba està adherida a la pell sense quasi poder diferenciar-se. Cap lesió ni tall superficial, la pell presenta una gran varietat de tonalitats, passant del marró al morat en algunes zones, com és el cas de la part inferior del tòrax. El cap i el rostre no s'han vist afectats per la combustió, la víctima manté els cabells intactes i l'expressió serena d'una mort per parada cardiorespiratòria, causada per les cremades i una intoxicació aguda. Els músculs maxilofacials presenten una forta contracció, de la qual no puc oferir cap explicació. 
10.55 Truco a la Pili, li dic que encara no he redactat l'informe, però que la inspecció ja està acabada. Li pregunto quin procediment he de seguir. Els familiars han sigut informats de l'estat del cos i han descartat la reconstrucció. Volen que la dona sigui embolcallada amb un sudari. 
11.05 Procedeixo a la neteja de la víctima, intento no mirar-la. La pressió de l'aigua arrenca trossos de pell i roba que s'escolen pel desaigüe i deixen al descobert el vermell intens de la carn. És un espectacle dantesc. 
12.10 Ha passat la meva hora d'esmorzar, però surto al carrer per prendre aire. 
12.24 Sona el mòbil. És ell. Em demana perdó, que no dinarà fins que jo arribi, hem de parlar, em diu. Li crido que ja sé que l'han fotut fora de la feina i que avui no he pogut ni he volgut cobrir-li les espatlles, que tinc feina per una bona estona. Tu mateixa, jo t'estaré esperant per dinar. Ho sento, ja t'ho he dit. Penjo, ja em veurà arribar. 
12.30 Em bull la sang, m'espeteguen les dents. 
12.33 Obro el dossier que guarda la fotografia. La dona morta em mira amb un somriure d'orella a orella, és feliç, però, a la taula llitera, la mort li ha canviat el gest. Hauré d'omplir-li les galtes amb cotó fluix perquè pugui recuperar l'aspecte ferm de la seva joventut. Em repugna.
13.30 Després de la maniobra per poder vestir-la amb el sudari, em disposo a maquillar-la, només quatre retocs, per donar-li més llum a la cara, i una mica de pintallavis. Té un cutis envejable, qualsevol diria que l'ha devorat el foc. 
13.40 Està quasi llesta, només falta introduir-li el cotó fluix a la boca, no és fàcil, ha mort apretant la mandíbula i he de fer molta força. Finalment puc fixar l'espècul mentre amb l'altra mà agafo la primera volva de cotó. 
13.42 Em tremola el pols. A l'interior de la cavitat bucal de la morta hi ha atrinxerada una boleta de paper, la trec amb molta cura.
13.45 Sorpresa, desplego la boleta, que, en realitat, és un tros de paper d'uns cinc centímetres per set d'amplada i que està folrat amb tires de cel·lo. Sembla una obra mestra. 
13.50 Truco a dalt, diuen que els ha arribat una cosa per mi i que ara baixa la Pili. Merda.
13.57 Li mostro la nota, que he col·locat dins d'una bossa de plàstic, perquè l'entregui als familiars de la dona. Em pregunta què és i li dic que llegeixi. Llegeix la confessió en veu alta, el comiat d'una dona enamorada i, en acabat, em diu que quina carta més freda i premeditada, que la troba falsa: les coses no s'han de dir abans de morir, sinó cada dia, mira el teu cas, això teu sí que és real, tres rams en un mes, és tot un rècord!! Algun dia m'hauries d'explicar què li dónes al teu marit. Em pica l'ullet i em dóna la targeta. L'ha llegida. Em repugna.
14.05 Corre escales amunt amb una rialla escandalosa. Falsa, calculada, premeditada? Sincera! Sabia que se la menjarien les flames i se les ha enginyat per poder dir t'estimo una última vegada. 
14.06 A la targeta hi llegeixo: «Segur que uns espaguetis a la bolonyesa et faran recuperar del cansament. T'estimo, gateta!». Abans d'encistellar les flors a la paperera, em passo el ram, literalment, pel cony. 
14.10 Sento un rau-rau a l'estómac.
14.15 Faig venir l'encarregat i li dono les indicacions per introduir el cos al taüt. Ho fem entre els dos i, sense venir al cas, em diu que quin tros de dona rostideta, que quina llàstima conèixer-la en aquestes circumstàncies. M'encenc com un llumí, serà desgraciat el cabronàs. Em trec la bata d'una revolada i el deixo allà penjat. Em repugna i ni penso en l'informe.
14.20 Surto al carrer i pujo a la moto. 
14.43 Entro al súper del costat de casa i hi compro una ampolla de vermut.
14.47 Obro la porta de casa. Silenci. Vaig cap a la cuina. Al foc, una olla d'aigua i espaguetis bullint. S'ha tornat a deixar la cullera a dins. Inútil! 
14.49 Silenci. Agafo una copa de l'armari i trec un cigarro del bolso, mentre camino cap al menjador em serveixo un aperitiu. 
14.50 Sorpresa. S'ha quedat adormit al sofà i encara tuf a alcohol, ni tan sols s'ha duxat. Dorm amb la boca oberta i em repugna. Deixo l'ampolla de vermut damunt la tauleta i li prenc l'encenador de la mà, ni s'immuta.
14.51 Torno a la cuina amb el cigarro a la boca. 
14.52 Agafo l'olla del foc. 
14.53 Evoco l'aigua amb els espaguetis damunt del seu rostre. Crida, però no pot aixecar-se. Em repugna la seva imatge, es recargola al sofà.
14.54 Li demano que no es tapi amb les mans i, commocionat, em fa cas. Agafo l'ampolla de vermut i la hi vesso. Crida encara més fort. 
14.55 Recupero l'encenador. Encenc un tros de paper arrencat del diari i el tiro damunt de la seva cara, que s'encén com una metxa. 
14.56 Roda pel terra amb espaguetis enganxats a la pell fins que topa amb el moble de la tele, no es mou, però encara respira. Li cau la tele entre l'entrecuix i l'abdomen. 
14.57 Agafo la forquilla i m'ajupo al seu costat. Li punxo la galta un cop i un altre, penso en què sóc la seva gateta, i enrotllo un grapat d'espaguetis.
14.58 Amb la forquilla a una mà i l'aperitiu a l'altra, m'assec a la butaca i, amb el comandament a distància engego la ràdio. Esbufega.
14.59 Sonen els últms compasos de Piggies. Provo els espaguetis, han quedat crus. 
15.00 Els informatius obren amb la noticia de l'incendi d'ahir al vespre al barri de Gràcia, tres morts i set ferits. Silenci. És mort i la noia de la fotografia em somriu.


—La nit serà llarga—.
—D'això n'estic convençuda, però no es preocupi, podrà sopar amb la seva dona i els seus fills. Aquí té tot el que necessita saber, les hores són aproximades—.

—Vol alguna altra cosa? Aigua, potser...—.

—No, gràcies, no tinc ni gana ni set. Avui he dinat sola i com mai—. 
—Quan els de dalt acceptin la seva declaració, la traslladaran al jutjat. Tingui, li deixo la meva caçadora perquè es pugui tapar la cara—.
—Molt amable, però no la necessito, m'he pentinat abans de sortir de casa—. 

MIEDOS Y MITOS_Delfín G. Marcos (ejercicio para Nuevas Formas, nuevos ámbitos)

Por cuestiones biológicas de género que desconocía y que aún le tienen intrigado, David nunca consiguió masturbarse sin la ayuda de material audiovisual. No era capaz de mantener su mente en blanco sin que la erección se le desinflase en la mano. Por eso acostumbraba a hacerlo pensando en las chicas de su clase. Si había escuchado su voz, le resultaba mucho más sencillo excitarse. Si habían entablado alguna conversación directa, cara a cara, le era inevitable hacerlo. Después de archivar todo el material audiovisual en su menuda cabeza, se encargaba de recrear los escenarios en su mente, y las voces (de ahí la importancia de haberlas escuchado hablar, porque la verosimilitud contribuye para que sea más excitante). Les atribuía actitudes que, sin duda, sus compañeras de doce años aún no habían desarrollado. Aún así, imaginárselas de esa guisa no era del todo descabellado. Le era inevitable, y desconocía David si lo era para todo el mundo. Tampoco quería pensarlo demasiado. Masturbarse era algo suyo, y de nadie más. No estaba obligado a rendir cuentas ante nadie, y las imágenes mentales de sus compañeras quedaban libres de derechos. Su cabeza era su escondite y, siempre que no fuese verbalizado, lo que allí ocurriese quedaba al margen de la leyes de la moral.

Se extrañó cuando Jorge, su compañero de clase, le pasó un cd a escondidas durante el recreo. “David, cópiatelo en tu ordenador y tráemelo mañana. No se lo digas a nadie, ¿entendido?”. Con este cd, Jorge le agradecía a David el haberle regalado el cromo que le faltaba en su colección, ayudándolo a ser el primer niño del pueblo en completar el álbum. Cuando David llegó a casa, comió lo más rápido que pudo, sin masticar. Su madre se extrañó. A David nunca le gustaron las lentejas, y aún menos si tiene que comerlas un viernes. Se encerró en su cuarto, musitando aún en un rincón de su boca la última cucharada de lentejas. Encendió el ordenador. Eran archivos avi. Tardó poco en saber de qué iban los vídeos, eligiendo uno y saltando azarosamente adelante y atrás con el cursor. Creó una carpeta, y la llamó con un nombre disuasorio: “apuntes“. Allí escondió el contenido del cd.

A David le costaba mucho dejar para otro momento las cosas que le apetecían. Por eso no desperdiciaba ninguna de sus erecciones repentinas. En sus cascos, los gemidos de la chica del vídeo se escuchaban acompasados con los bramidos del chico. No pudo asimilar las imágenes que aparecían en la pantalla de su ordenador, inconcebibles para su mirada pueril. Sin embargo, se masturbó. Pronto sintió en sus mejillas un picor cálido. Olía al cloro de las piscinas. Cuando volvió a abrir los ojos, se asustó al ver que su uretra había escupido un líquido transparente ( la casualidad quiso que su primera eyaculación coincidiese en el tiempo y el espacio con su descubrimiento del cine porno ). Sin embargo, aquella noche no pensó en su semen. No pensó en los inconvenientes de tener que masturbarse, de ahí en adelante, sosteniendo un trozo de papel higiénico con su mano izquierda. Tampoco pensó en lo curioso de que su eyaculación fuese coetánea al visionado de cine porno. Lo que ocupó su cabeza aquella noche, tendido en la cama, con la luz apagada y los ojos bien abiertos, era aquella polla. Fue tal el impacto que produjo en David que, pensando en el tamaño de aquello, tenía la sensación de que la imagen no cabría en su pequeña cabeza. No podía conciliar el sueño. A cada momento corroboraba, subiendo con una mano el edredón y con la otra el pantalón del pijama, que en efecto su pene era, en comparación con la polla de aquel actor, un pene.rar.

“Jorge, ¿has visto la polla del tipo con bigote que aparece en el vídeo? ¡Tío, es tres veces la mía!”
“David, ¿cómo has podido fijarte en eso con las tetas que tiene la rubia? ¿no serás gay, no?

David no tardó en borrar todos los vídeos de su ordenador. Antes se había dado una segunda oportunidad. Se había masturbado de nuevo, esta vez con otro de los vídeos. Sin embargo, cuando el picor había sonrojado sus mejillas, de nuevo se atormentó. La polla del segundo actor no sólo era de dimensiones bíblicas, sino que además era ultravenosa, y el glande brillaba como un faro a pie de playa. No dejó ni rastro de los vídeos. Volvió a las andadas. Las pajas a la vieja usanza, que tantos placeres le habían proporcionado, no sólo no tenía efectos secundarios, sino que le ofrecía la oportunidad de practicar el onanismo portátil, sin depender de archivos avi, ni jpeg. La imaginación transportaba a David a paraísos construidos a medida desde cualquier lugar. Una ficción infinitamente más verosímil que la que ofrecía el porno.

Pasó el tiempo hasta sus catorce años. Aquel fue un verano, como siempre, más caluroso que todos los anteriores. En casa de sus abuelos las chicharras cantaban a coro, y sin desafinar una nota. Las ondas de la superficie de la piscina hacían que su figura temblase bajo el agua. Estaba sólo en la piscina, disfrutando del tacto suave y quieto de su piel sumergida. A los pocos minutos, el líquido ya blanquecino flotaba en el agua. Los olores a cloro se fusionaron. David ya conocía la contingencia de correrse, pero aún había cosas que se le escapaban. Creía que sus espermatozoides vivían eternamente, cuando lo que en realidad ocurre es quePor ejemplo, la impaciencia de los espermatozoides, que se inmolan en su desdicha de no encontrar la mucosa del cuello del útero (la inmolación de los millones de los espermatozoides que viven en el semen de una sola eyaculación genera tanto almidón como el que hay en una botella de 5 litros de cloro para piscinas). David pensó que su esperma encontraría en las aguas de aquella piscina un lugar donde vivir a sus anchas. Por eso, cuando su tía María apareció con el bikini puesto, se aterrorizó. Ella bajó las escalerillas muy despacio, replegando sus hombros hacia el cuello, sin disimular que el agua estaba demasiado fría para su gusto. David la contemplaba impávido. Ni rastro del semen flotante. “Mierda, ya se ha desperdigado. Está por todos lados”, pensó.

Aquella misma noche David le confesó al tío Lucas que era muy probable que la tía María estuviese embarazada, y que él era el padre de la criatura. El tío Lucas contuvo la carcajada, y le pidió que le explicase en qué circunstancias había dejado embarazada a la tía María. Por ello, tuvo que explicar también el porqué de haberse masturbado en la piscina. David tiró del hilo en la conversación y, sin saber muy bien porqué, el motivo de las pajas portátiles lo llevó a definir su animadversión a masturbarse con películas porno. Uno nunca olvida ningún trauma, o al menos nadie lo consigue hacer del todo.

“Entiendo, David. Es normal que te preocupe. Yo también he pensado mucho en eso del tamaño. Es algo que a todos nos ha preocupado, en mayor o menor medida. Pero, ¿sabes cuándo dejé de preocuparme? Cuando un amigo, al que también le inquietaba el tamaño, me confesó la gran verdad: no es que los actores porno tengan unas pollas descomunales, sino que son las actrices las que tienen las manos muy pequeñas.”

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