1.2.10

Mi versión del origen del incendio (Belén Roldán)

Te estaba esperando. Apareciste cuando apenas quedaba un trago del té en el que había bañado unas galletas, en la cafetería del museo. Cuando me viste yo tomaba notas en mi cuaderno, sentada en una butaca blanca y, antes de eso, había estado observando con interés a un niño y una niña que correteaban frente a mí. Su juego me hizo pensar en algunos tópicos sobre los sexos, se les veía en mundos aparte y puntualmente complementarios. Escribía esas ideas cuando apareciste.

Me levanté en seguida, ruborizada ante la idea de que hubieras estado mirándome un rato antes de acercarte; ahora sé que te gusta mantener siempre los ojos abiertos cuando yo no te miro. Los dos besos en la mejilla me parecieron una especie de aterrizaje y despegue al mismo tiempo. A penas nos conocíamos y hacía un mes de nuestra primera cita más bien amistosa, lo suficiente para saber que éramos libres y que nos teníamos ganas. Por quedarme a solas un momento con el placer del encuentro, te pedí que te adelantaras a la sala de exposiciones, con el pretexto de acabar mi té. Me senté de nuevo un par de minutos y luego, como para vengarme de tu ventaja en la cafetería, entré en la exposición y me fui acercando a ti, por detrás, muy despacio. Estabas muy atento a unas fotografías y, mientras, yo tenía el poder de acecharte sin reparo ni permiso, de explorar a tus espaldas el contorno de tu cuerpo y aprender a reconocerte, a pocos metros de mí y tan a tiro. Yo te observaba y me imaginaba la callada tensión de tu expectativa. Ahora tú me esperabas.

Una de las situaciones que me parece más erótica es la de una segunda cita en el museo. Resulta excitante saberse acompañantes y obligados, por el rol de espectadores de eso otro que se impone, a posponer el momento del verdadero cara a cara, pero bajo el mismo techo. La sala de exposiciones es un recipiente público de intimidades, propicio al origen del deseo. Como en una probeta, permite dosificar la justa medida de presencia y ausencia, de palabra y silencio, de miradas y roces todavía disimulados. Cuando la exposición se despliega además en varios espacios, le suma al juego el éxtasis de las esquinas, los umbrales, los cuartos oscuros en los que la luz de una proyección deja ver lo justo de los cuerpos. Si no acabábamos en la cama aquella noche la culpa no sería mía ni de empezar por ahí.

Ya había anochecido cuando salimos a la calle. Nos esperaba un paseo en moto hasta el centro de la ciudad, conmigo al volante. Pusiste en mis manos decidir sobre los lugares a los que podíamos ir y yo había resuelto dejarlo a la improvisación y algunas ideas sueltas, materiales inflamables por si se terciaba el incendio. Fue un viaje rápido, sin abrazo por detrás, que nos aireó un poco y nos llevó en busca de algún lugar donde el alcohol pudiera propiciar un ambiente relajado para retomar la tarea de conocernos.

Lo encontramos en una terraza en cuya existencia caí cuando la teníamos casi en frente. Era una buena opción, un bar a la intemperie pero resguardado del frío, rodeados de verde y de las piedras de un antiguo hospital, habitado ahora por libros. Vino tinto para mí, cerveza para ti y el tabaco sobre la mesa. Poco a poco fuimos entrando en calor y soltando las palabras, las historias, las dosis justas de pasado, presente y futuro. Sacaste el tema de los amantes y los amores, un poco pronto para mi gusto. Conocer demasiados detalles sobre la vida sexual o sobre las torpezas emocionales que irremediablemente todos tenemos que confesar, si queremos ser honestos, cumplidos los treinta, puede convertir la cita en una especie de terapia. Yo opté por hablarte solo un poco de los amores, y tú combinaste algo de ambas cosas con los detalles justos para situarte en el terreno del solitario por cansancio del amor, pero amigo de las aventuras. Me quedó claro y me pareció bien.

Como el etanol en sangre había ido subiendo después de dos rondas, optamos por cambiar de escenario para la tercera. Tus ojos no se habían distraído ni un momento de los míos que, más huidizos, iban buscando rutas alternativas. Si recuerdas, fue al salir del bar cuando de golpe hubo el primer instante de miradas mantenidas, y yo te dije que notaba los efectos del vino y tú respondiste que tenía las pupilas muy dilatadas. En realidad lo que pensé en ese momento fue en francés, herencia de un pasado de inmersión lingüística y sexual en el país vecino, porque disimula en una fonética dulce las ganas de provocar la detonación: tu m’allumes… es así de simple.

Me callé, y empezamos a andar por las callejuelas del Raval, hasta que pasamos por delante de un pequeño bar viejo y mugriento, lleno hasta los topes, donde iba a empezar un recital de poesía. A mí me apetecía entrar, te pareció bien. Con dificultad y, esta vez sí, con un obligado y bienvenido contacto físico, logramos situarnos al final, junto a la barra y con un pie, más bien ambos, en la esquina improvisada que serviría como escenario y de donde resultaría complicado salir antes del final. Reconozco que asumí un riesgo considerable echando ese tipo de leña al fuego; antes de aquel día nunca te había interesado mucho la poesía, y si no hubieran sido buenos los poetas podría haber perpetuado o incluso fomentado tu desinterés por ella, o por mí. Pero estuvimos de suerte y añadimos aquel espectáculo al museo y la terraza, y le sumamos la tercera ronda a la gradación creciente del deseo.

Después del recital recuerdo solo una aceleración progresiva de los acontecimientos, una reacción explosiva en cadena que animada por un viento favorable desembocó en un incendio declarado, previsible. Te lo resumo como lo sentí, en montaje por corte: pienso qué buenos estos poemas y verte aquí en medio de toda esta gente, se acaba y tenemos hambre, salimos y compramos algo para llevar, comemos y entramos en un bar de copas donde la cuarta es ya la de ron y las distancias se acortan, y tú me miras y yo te miro, y sigo pensando en francés y salimos a la calle y otra vez me toca decidir adónde te llevo, y llegamos a mi moto, nos ponemos el casco, y te propongo llevarte a mi casa, y te parece una gran idea, y me pones las manos en la cintura, y me besas en el ascensor del aparcamiento y cuando entramos por fin en territorio seguro, todas nuestras cargas inflamables le prenden fuego a la casa, nos rodean las llamas y, sin buscar la salida, nos quedamos dentro en pleno incendio.

Lo que viene después de eso siempre sucede sobre las primeras cenizas. Por eso quiero dejar la carta en ese punto de origen, para preservarlo del resto como en un tubo de ensayo. Ahora que te quiero, que prendemos fuego a la casa casi todos los días y sin extintores, vuelvo a la primera vez y sé que solo durante aquellas horas sobrevivió la posibilidad de un final feliz.

Y luego las llams y los hielos de los infiernos (Noves formes, nous àmbits; A. Grabulosa)

08:00:00

Lo previo es siempre cagar. Llegar a la oficina, colgar el abrigo e inaugurar ese retrete que todas las noches, sin falta, es limpiado, desinfectado y desodorizado. Prefiere utilizarlo antes que nadie. Se apresura para que así sea. Ser el primero tiene sus ventajas. Cagar confortablemente, higiénicamente. Cagar felizmente y agradecidamente a quienquiera que sea el artífice de la limpieza. Cada mañana, sentado en el impecable retrete, sin saber muy bien por qué o fingiendo no saberlo o sabiéndolo aunque privándose de reconocerlo, imagina a una chica joven y emigrante, tal vez árabe, tal vez dominicana, de piel morena en cualquier caso, empujando un carrito repleto de líquidos y enseres hasta ese sucio rincón del piso 99. La imagina con un culo enorme bajo la falda azul y con un rostro casi porcino. La imagina remojando, frotando, secando, perfumando. Sudorosa, ella. Imagina su fatiga, sus andares paquidérmicos, su habla defectuosa, hasta sus tarareos y sus tartamudeos resuenan en esos actos rutinarios de fabulación. Los demás actos rutinarios se cumplen siempre metódicamente: hojear el periódico de principio a fin, tirar de la cadena y salir del baño sin volver la vista atrás.

08:14:00

Los de arriba son los grandes y los de abajo los pequeños. Los de arriba, los del banco de inversiones Cantor Fitzgerald, ocupan enteras las plantas 101, 102, 103, 104 y 105. Los de abajo ocupan dos sectores insignificantes de las plantas 99 y 100. Los de arriba cuentan con 658 empleados y gestionan incalculables patrimonios del mundo entero. Los de abajo cuentan con 21 empleados y gestionan humildes carteras de ahorro familiar. Para los de arriba, los de abajo son los hippies de las finanzas, pues invierten en acuicultura, molinos de viento, placas solares, centrales hidroeléctricas, cultivos ecológicos, ganado ecológico, harina ecológica, tulipanes holandeses, biocombustibles, plantas desalinizadoras, parques de investigación científica y grandes cooperativas. Los abajo, los hippies, todavía no disponen de mote alguno para designar a los de arriba.


08:19:43

Tras la mesa del despacho, un enorme y límpido ventanal. Tras el ventanal, la casi reverberante bahía de Manhattan, el casi eterno puente de Brooklin y un casi océano sin casi fin de ladrillo rojo y esquinas gemelas. Mucho más allá, donde los ojos sufrientes apenas alcanzan, parques de atracciones, norias astronómicas y el decadente ánimo de Coney Island.

08:21:00

En los anaqueles, gruesos y tórridos volúmenes de finanzas, derecho, economía y anatomía de la globalización. Libros de tapa dura y texto venenoso. Lecturas insufribles, mas indispensables. Hubo tiempos mejores. Por lo menos eso sospecha la bendita memoria, la muy bendita prostituta. Hubo tiempos vertiginosos y vibrantes. Tiempos para la diversión y la desobediencia, para la literatura y la revolución. Para la irreverencia. Para el sexo y el libertinaje. Sin embargo, de todo aquello, poco queda. Poco, o casi nada. Tan solo algún ligero escalofrío ante la rebeldía, algún antídoto contra el embotamiento, alguna pataleta casi risible, el recuerdo de un mayo incendiario, de una ideología omnipotente, de una clase obrera agitada, espoleada, sublevada, valerosa. Solo eso queda. Eso y tres montones de chatarra: uno para las promesas violadas, otro para las palabras indecibles y el último para las citas aprendidas y medio olvidadas: Fui a los bosques porque quería vivir sin prisa. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. Abandonar todo lo que no era vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido.

08:23:38

En la agenda, una fecha: 11/09. Escasos compromisos para este martes soleado. Algunas llamadas pendientes. Algunas gestiones impostergables. Un envío. Un desayuno a las diez y media. Una visita a las doce. Comida italiana. Por la tarde, dos clientes y una reunión.

08:24:46

En el escritorio, una foto de familia: él, la esposa, el hijo y un bello paisaje otoñal. No es lo que parece ser. El fondo es un decorado. Las sonrisas son sólo un amago, una concesión a la insistencia del fotógrafo. El hijo, a quien cree querer, es medio inútil y tartamudo. Un chaval atascado en demasiados sentidos. Un laberinto de oraciones inalcanzables, de actos fallidos, de tropezones. Un atontado, a su pesar. Tres meses atrás, sin ir más lejos, se graduó en la universidad. Durante los días siguientes mandó 731 sobres con su currículum y desde entonces permanece tumbado en el sofá esperando la llamada de la suerte. La mujer, a quien cree amar, vive obsesionada con el bienestar, con mantener el cuerpo en solfa y la mente en equilibrio: respirar, meditar, relajar, estirar, nutrir, fluir. Y su gran fijación: cagar. Cagar entre dos y cuatro veces al día, cagar fino y sin esfuerzo. Cagar como quien bosteza. Celebrar la gravitación y los prodigiosos efectos de ese cóctel de prebióticos y probióticos que complementan su dieta. Inulina y Lactobacillus. Cebollas y yogures. Semillas y fermentos. Cada noche, antes de acostarse, hay un momento para el diente de ajo y los agrios comprimidos de Bifidum, para el regocijo intestinal y el delicioso recuerdo de los pedacitos de mierda que ha ido depositando por ahí a lo largo del día.

08:33:59

Tiene una amante, aunque prefiera ir de pesca. Tiene amistades, aunque prefiera las moscas. Tiene amigos para el ocio, para el diálogo, para las compras, aunque prefiera el tedio, el silencio, ir sin ropa. Incluso tiene amigos para las putas, aunque prefiera la amante, a falta de pesca, a falta de moscas.

08:37:06

Los mercados se desperezan y las cifras empiezan a fluctuar. El día arranca lento. La actividad, por ahora, es menor a lo habitual. Desde su escritorio domina todas las mesas y todos los empleados. Sabe perfectamente cual de ellos se levantará para invitarle a un café, cual se disculpará por el retraso, cual espera un gesto de gratitud por haber plegado tarde ayer, cual inventará una excusa para escaquearse, cual se hará el ofendido, cual le mareará con tonterías, cual le consultará un trámite banal y cual sacará el tema de los deportes, sabe cual hará su trabajo y cual hará el de los otros, sabe cual le sacará de quicio, cual padecerá un amago de pánico y cual no se alterará ante la presión, sabe cual se quejará de su esposa y cual lo hará de un compañero, cual es el apocado y cual el engreído, sabe cual lo adulará y cual lo juzgará, sabe detectar la ingenuidad y la astucia, sabe ser perspicaz ante el honesto y bobo ante el mentiroso, sabe ceder y amedrentar, sabe como comportarse y como tratar cada asunto. Vaya rebaño, piensa.

08:41:00

El mundo se ha convertido en un lugar demasiado previsible y, a sus cincuenta y tantos años, teme el dolor y el sufrimiento, pero no la muerte. Sin duda, y lo sabe desde hace tiempo, la reconocería de un solo vistazo (estar preparado y ser receptivo son casi la misma cosa), la saludaría como a un viejo amigo (aunque sin excesivo ímpetu) y emprenderían juntos el camino hacía la nada o hacia cualquier otra parte. Si le hubiesen dado a elegir, probablemente se habría decantado por algo instantáneo e imprevisible, aunque convencional: tal vez un accidente atroz, una debacle en el corazón, dos disparos certeros por la espalda. Bang, bang. Pero jamás habría llegado a acertar un final tan hermoso. Jamás habría llegado a pensar que la muerte, que su muerte, acudiría al festín en traje de etiqueta. El trasto descomunal de American Airlines, con el fuselaje plateado resplandeciendo bajo un sol increíble, se dirige hacia el piso 99 de la torre norte a más de 700 Km/h. El rumbo está fijado y no hay maniobra rectificación posible. Sin embargo, a diferencia de los otros (de los que chillan, de los que intentan escapar), él no grita, no huye. No hay tiempo para mucho más. Permanecer tras el ventanal, ajustarse la corbata y contemplar, en última instancia, la expresión serena del piloto, un chico joven y emigrante, tal vez árabe, tal vez dominicano, de piel morena en cualquier caso. Entonces, ya entre nubes de fuego y aludes de chatarra, un pensamiento casi póstumo, una cita aprendida y medio olvidada:


08:46:40

Dejadme decir para empezar que no perdono a nadie. Os deso a todos una vida atroz y luego las llamas y los hielos de los infiernos y un honroso recuerdo en las execrables generaciones venideras.

Mitonecrologia (Noves formes i nous àmbits- Helena Ortiz)

Mitonecrologia (Noves formes i nous àmbits- Helena Ortiz-)

—No els diré res, donin-me un tros de paper i un boli—.


08.00 Cau com un pes mort a l'altre extrem del llit. Tuf a alcohol i a tabac, em repugna. 
08.05 No ho puc reprimir, vesso un got d'aigua damunt del seu rostre, ni es mou. 
08.20 Surto de la dutxa, està al llindar de la porta observant-me, no ha baixat la tassa del water, li ho dic. 
08.21 Surto de labavo com puc, m'està magrejant i em repugna i aquesta vegada no callo, comença a cridar que només volia follar-me. 
08.24 Em vesteixo ràpidament mentre continua cridant que què se n'ha fet de la golfa que va conèixer, el deixo dir. 
08.30 No prenc cafè pararé a la granjeta del costat de la feina. Tanco la porta d'un sol cop. Ha passat la nit en un d'aquells clubs que tan li agraden, n'estic segura. Em repugna. 
08.55 A la cafeteria, el Pepe m'allarga el diari, a primera plana hi ha una fotografia d'un edifici en flames: tres morts i set ferits de diversa consideració. N'estic segura, avui m'espera un dia dur. 
09.05 Rebo una trucada dels de dalt, els Mossos volen un segon informe de l'estat del cos i els familiars ja ens han fet arribar una fotografia de la víctima. 
09.20 Obro la bossa que conté el cos i el col·loco damunt de la taula llitera. Em repugna la seva imatge, tants anys treballant i encara se'm remou l'estòmac. 
09.30 Em truca la Maria preguntant-me on està, no ha aparegut a la feina i els caps estan cremats amb el seu comportament reincident, que està desconcentrat i que ja han pres una decisió: aquesta és l'última vegada, d'aquí a les llistes de l'atur. El que faltava!
09.50 La Pili baixa una còpia de l'acte de defunció i la fotografia que li han donat els familiars. Avui té xerrera i jo no tinc paciència, m'encenc amb tantes interrupcions, així no hi ha manera de treballar, li crido. 
10.00 Poso en marxa la grabadora i començo la inspecció del cadàver: Dona de trenta anys. El vuitanta per cent del cos presenta cremades de segon i tercer grau profund, la roba està adherida a la pell sense quasi poder diferenciar-se. Cap lesió ni tall superficial, la pell presenta una gran varietat de tonalitats, passant del marró al morat en algunes zones, com és el cas de la part inferior del tòrax. El cap i el rostre no s'han vist afectats per la combustió, la víctima manté els cabells intactes i l'expressió serena d'una mort per parada cardiorespiratòria, causada per les cremades i una intoxicació aguda. Els músculs maxilofacials presenten una forta contracció, de la qual no puc oferir cap explicació. 
10.55 Truco a la Pili, li dic que encara no he redactat l'informe, però que la inspecció ja està acabada. Li pregunto quin procediment he de seguir. Els familiars han sigut informats de l'estat del cos i han descartat la reconstrucció. Volen que la dona sigui embolcallada amb un sudari. 
11.05 Procedeixo a la neteja de la víctima, intento no mirar-la. La pressió de l'aigua arrenca trossos de pell i roba que s'escolen pel desaigüe i deixen al descobert el vermell intens de la carn. És un espectacle dantesc. 
12.10 Ha passat la meva hora d'esmorzar, però surto al carrer per prendre aire. 
12.24 Sona el mòbil. És ell. Em demana perdó, que no dinarà fins que jo arribi, hem de parlar, em diu. Li crido que ja sé que l'han fotut fora de la feina i que avui no he pogut ni he volgut cobrir-li les espatlles, que tinc feina per una bona estona. Tu mateixa, jo t'estaré esperant per dinar. Ho sento, ja t'ho he dit. Penjo, ja em veurà arribar. 
12.30 Em bull la sang, m'espeteguen les dents. 
12.33 Obro el dossier que guarda la fotografia. La dona morta em mira amb un somriure d'orella a orella, és feliç, però, a la taula llitera, la mort li ha canviat el gest. Hauré d'omplir-li les galtes amb cotó fluix perquè pugui recuperar l'aspecte ferm de la seva joventut. Em repugna.
13.30 Després de la maniobra per poder vestir-la amb el sudari, em disposo a maquillar-la, només quatre retocs, per donar-li més llum a la cara, i una mica de pintallavis. Té un cutis envejable, qualsevol diria que l'ha devorat el foc. 
13.40 Està quasi llesta, només falta introduir-li el cotó fluix a la boca, no és fàcil, ha mort apretant la mandíbula i he de fer molta força. Finalment puc fixar l'espècul mentre amb l'altra mà agafo la primera volva de cotó. 
13.42 Em tremola el pols. A l'interior de la cavitat bucal de la morta hi ha atrinxerada una boleta de paper, la trec amb molta cura.
13.45 Sorpresa, desplego la boleta, que, en realitat, és un tros de paper d'uns cinc centímetres per set d'amplada i que està folrat amb tires de cel·lo. Sembla una obra mestra. 
13.50 Truco a dalt, diuen que els ha arribat una cosa per mi i que ara baixa la Pili. Merda.
13.57 Li mostro la nota, que he col·locat dins d'una bossa de plàstic, perquè l'entregui als familiars de la dona. Em pregunta què és i li dic que llegeixi. Llegeix la confessió en veu alta, el comiat d'una dona enamorada i, en acabat, em diu que quina carta més freda i premeditada, que la troba falsa: les coses no s'han de dir abans de morir, sinó cada dia, mira el teu cas, això teu sí que és real, tres rams en un mes, és tot un rècord!! Algun dia m'hauries d'explicar què li dónes al teu marit. Em pica l'ullet i em dóna la targeta. L'ha llegida. Em repugna.
14.05 Corre escales amunt amb una rialla escandalosa. Falsa, calculada, premeditada? Sincera! Sabia que se la menjarien les flames i se les ha enginyat per poder dir t'estimo una última vegada. 
14.06 A la targeta hi llegeixo: «Segur que uns espaguetis a la bolonyesa et faran recuperar del cansament. T'estimo, gateta!». Abans d'encistellar les flors a la paperera, em passo el ram, literalment, pel cony. 
14.10 Sento un rau-rau a l'estómac.
14.15 Faig venir l'encarregat i li dono les indicacions per introduir el cos al taüt. Ho fem entre els dos i, sense venir al cas, em diu que quin tros de dona rostideta, que quina llàstima conèixer-la en aquestes circumstàncies. M'encenc com un llumí, serà desgraciat el cabronàs. Em trec la bata d'una revolada i el deixo allà penjat. Em repugna i ni penso en l'informe.
14.20 Surto al carrer i pujo a la moto. 
14.43 Entro al súper del costat de casa i hi compro una ampolla de vermut.
14.47 Obro la porta de casa. Silenci. Vaig cap a la cuina. Al foc, una olla d'aigua i espaguetis bullint. S'ha tornat a deixar la cullera a dins. Inútil! 
14.49 Silenci. Agafo una copa de l'armari i trec un cigarro del bolso, mentre camino cap al menjador em serveixo un aperitiu. 
14.50 Sorpresa. S'ha quedat adormit al sofà i encara tuf a alcohol, ni tan sols s'ha duxat. Dorm amb la boca oberta i em repugna. Deixo l'ampolla de vermut damunt la tauleta i li prenc l'encenador de la mà, ni s'immuta.
14.51 Torno a la cuina amb el cigarro a la boca. 
14.52 Agafo l'olla del foc. 
14.53 Evoco l'aigua amb els espaguetis damunt del seu rostre. Crida, però no pot aixecar-se. Em repugna la seva imatge, es recargola al sofà.
14.54 Li demano que no es tapi amb les mans i, commocionat, em fa cas. Agafo l'ampolla de vermut i la hi vesso. Crida encara més fort. 
14.55 Recupero l'encenador. Encenc un tros de paper arrencat del diari i el tiro damunt de la seva cara, que s'encén com una metxa. 
14.56 Roda pel terra amb espaguetis enganxats a la pell fins que topa amb el moble de la tele, no es mou, però encara respira. Li cau la tele entre l'entrecuix i l'abdomen. 
14.57 Agafo la forquilla i m'ajupo al seu costat. Li punxo la galta un cop i un altre, penso en què sóc la seva gateta, i enrotllo un grapat d'espaguetis.
14.58 Amb la forquilla a una mà i l'aperitiu a l'altra, m'assec a la butaca i, amb el comandament a distància engego la ràdio. Esbufega.
14.59 Sonen els últms compasos de Piggies. Provo els espaguetis, han quedat crus. 
15.00 Els informatius obren amb la noticia de l'incendi d'ahir al vespre al barri de Gràcia, tres morts i set ferits. Silenci. És mort i la noia de la fotografia em somriu.


—La nit serà llarga—.
—D'això n'estic convençuda, però no es preocupi, podrà sopar amb la seva dona i els seus fills. Aquí té tot el que necessita saber, les hores són aproximades—.

—Vol alguna altra cosa? Aigua, potser...—.

—No, gràcies, no tinc ni gana ni set. Avui he dinat sola i com mai—. 
—Quan els de dalt acceptin la seva declaració, la traslladaran al jutjat. Tingui, li deixo la meva caçadora perquè es pugui tapar la cara—.
—Molt amable, però no la necessito, m'he pentinat abans de sortir de casa—. 

MIEDOS Y MITOS_Delfín G. Marcos (ejercicio para Nuevas Formas, nuevos ámbitos)

Por cuestiones biológicas de género que desconocía y que aún le tienen intrigado, David nunca consiguió masturbarse sin la ayuda de material audiovisual. No era capaz de mantener su mente en blanco sin que la erección se le desinflase en la mano. Por eso acostumbraba a hacerlo pensando en las chicas de su clase. Si había escuchado su voz, le resultaba mucho más sencillo excitarse. Si habían entablado alguna conversación directa, cara a cara, le era inevitable hacerlo. Después de archivar todo el material audiovisual en su menuda cabeza, se encargaba de recrear los escenarios en su mente, y las voces (de ahí la importancia de haberlas escuchado hablar, porque la verosimilitud contribuye para que sea más excitante). Les atribuía actitudes que, sin duda, sus compañeras de doce años aún no habían desarrollado. Aún así, imaginárselas de esa guisa no era del todo descabellado. Le era inevitable, y desconocía David si lo era para todo el mundo. Tampoco quería pensarlo demasiado. Masturbarse era algo suyo, y de nadie más. No estaba obligado a rendir cuentas ante nadie, y las imágenes mentales de sus compañeras quedaban libres de derechos. Su cabeza era su escondite y, siempre que no fuese verbalizado, lo que allí ocurriese quedaba al margen de la leyes de la moral.

Se extrañó cuando Jorge, su compañero de clase, le pasó un cd a escondidas durante el recreo. “David, cópiatelo en tu ordenador y tráemelo mañana. No se lo digas a nadie, ¿entendido?”. Con este cd, Jorge le agradecía a David el haberle regalado el cromo que le faltaba en su colección, ayudándolo a ser el primer niño del pueblo en completar el álbum. Cuando David llegó a casa, comió lo más rápido que pudo, sin masticar. Su madre se extrañó. A David nunca le gustaron las lentejas, y aún menos si tiene que comerlas un viernes. Se encerró en su cuarto, musitando aún en un rincón de su boca la última cucharada de lentejas. Encendió el ordenador. Eran archivos avi. Tardó poco en saber de qué iban los vídeos, eligiendo uno y saltando azarosamente adelante y atrás con el cursor. Creó una carpeta, y la llamó con un nombre disuasorio: “apuntes“. Allí escondió el contenido del cd.

A David le costaba mucho dejar para otro momento las cosas que le apetecían. Por eso no desperdiciaba ninguna de sus erecciones repentinas. En sus cascos, los gemidos de la chica del vídeo se escuchaban acompasados con los bramidos del chico. No pudo asimilar las imágenes que aparecían en la pantalla de su ordenador, inconcebibles para su mirada pueril. Sin embargo, se masturbó. Pronto sintió en sus mejillas un picor cálido. Olía al cloro de las piscinas. Cuando volvió a abrir los ojos, se asustó al ver que su uretra había escupido un líquido transparente ( la casualidad quiso que su primera eyaculación coincidiese en el tiempo y el espacio con su descubrimiento del cine porno ). Sin embargo, aquella noche no pensó en su semen. No pensó en los inconvenientes de tener que masturbarse, de ahí en adelante, sosteniendo un trozo de papel higiénico con su mano izquierda. Tampoco pensó en lo curioso de que su eyaculación fuese coetánea al visionado de cine porno. Lo que ocupó su cabeza aquella noche, tendido en la cama, con la luz apagada y los ojos bien abiertos, era aquella polla. Fue tal el impacto que produjo en David que, pensando en el tamaño de aquello, tenía la sensación de que la imagen no cabría en su pequeña cabeza. No podía conciliar el sueño. A cada momento corroboraba, subiendo con una mano el edredón y con la otra el pantalón del pijama, que en efecto su pene era, en comparación con la polla de aquel actor, un pene.rar.

“Jorge, ¿has visto la polla del tipo con bigote que aparece en el vídeo? ¡Tío, es tres veces la mía!”
“David, ¿cómo has podido fijarte en eso con las tetas que tiene la rubia? ¿no serás gay, no?

David no tardó en borrar todos los vídeos de su ordenador. Antes se había dado una segunda oportunidad. Se había masturbado de nuevo, esta vez con otro de los vídeos. Sin embargo, cuando el picor había sonrojado sus mejillas, de nuevo se atormentó. La polla del segundo actor no sólo era de dimensiones bíblicas, sino que además era ultravenosa, y el glande brillaba como un faro a pie de playa. No dejó ni rastro de los vídeos. Volvió a las andadas. Las pajas a la vieja usanza, que tantos placeres le habían proporcionado, no sólo no tenía efectos secundarios, sino que le ofrecía la oportunidad de practicar el onanismo portátil, sin depender de archivos avi, ni jpeg. La imaginación transportaba a David a paraísos construidos a medida desde cualquier lugar. Una ficción infinitamente más verosímil que la que ofrecía el porno.

Pasó el tiempo hasta sus catorce años. Aquel fue un verano, como siempre, más caluroso que todos los anteriores. En casa de sus abuelos las chicharras cantaban a coro, y sin desafinar una nota. Las ondas de la superficie de la piscina hacían que su figura temblase bajo el agua. Estaba sólo en la piscina, disfrutando del tacto suave y quieto de su piel sumergida. A los pocos minutos, el líquido ya blanquecino flotaba en el agua. Los olores a cloro se fusionaron. David ya conocía la contingencia de correrse, pero aún había cosas que se le escapaban. Creía que sus espermatozoides vivían eternamente, cuando lo que en realidad ocurre es quePor ejemplo, la impaciencia de los espermatozoides, que se inmolan en su desdicha de no encontrar la mucosa del cuello del útero (la inmolación de los millones de los espermatozoides que viven en el semen de una sola eyaculación genera tanto almidón como el que hay en una botella de 5 litros de cloro para piscinas). David pensó que su esperma encontraría en las aguas de aquella piscina un lugar donde vivir a sus anchas. Por eso, cuando su tía María apareció con el bikini puesto, se aterrorizó. Ella bajó las escalerillas muy despacio, replegando sus hombros hacia el cuello, sin disimular que el agua estaba demasiado fría para su gusto. David la contemplaba impávido. Ni rastro del semen flotante. “Mierda, ya se ha desperdigado. Está por todos lados”, pensó.

Aquella misma noche David le confesó al tío Lucas que era muy probable que la tía María estuviese embarazada, y que él era el padre de la criatura. El tío Lucas contuvo la carcajada, y le pidió que le explicase en qué circunstancias había dejado embarazada a la tía María. Por ello, tuvo que explicar también el porqué de haberse masturbado en la piscina. David tiró del hilo en la conversación y, sin saber muy bien porqué, el motivo de las pajas portátiles lo llevó a definir su animadversión a masturbarse con películas porno. Uno nunca olvida ningún trauma, o al menos nadie lo consigue hacer del todo.

“Entiendo, David. Es normal que te preocupe. Yo también he pensado mucho en eso del tamaño. Es algo que a todos nos ha preocupado, en mayor o menor medida. Pero, ¿sabes cuándo dejé de preocuparme? Cuando un amigo, al que también le inquietaba el tamaño, me confesó la gran verdad: no es que los actores porno tengan unas pollas descomunales, sino que son las actrices las que tienen las manos muy pequeñas.”

31.1.10

El somni de les abelles. (Antoni Guinovart) Op. B.

Rodejades per una serralada afable, entre la qual hi dissimulava un volcà apagat, hi havia set masies. Els seus habitants eren joves que havien escapat de la ciutat per trobar la tranquil·litat d'una vida en contacte amb la naturalesa i apartada dels diners. Cada masia intentava ser autosuficient al màxim, per això també organitzaven un mercat setmanal, a prop del llac, on practicaven el bescanvi. Els seus membres havien minimitzat la organització per tal d'evitar qualsevol jerarquia però, no obstant, tots sabien que les decisions importants i la resolució dels conflictes tenien lloc a la casa de la Rosada. Aquesta fou la primera i les tres parelles que la ocupaven, dues d'elles amb fills, tenien l'última paraula en les decisions que afectaven al negoci compartit per totes les cases: des de la Rosada, la Guspira, la Bruixa, la Lluna, la Brisa, la Pinacoteca i fins a la Gossera, que quedava a tocar de la carretera. Cada masia tenia, a més de l'hort, el seu cultiu de marihuana.

Era un divendres de finals d'octubre, ja havien recol·lectat, secat, podat i empaquetat, i tots esperaven a casa, sensiblement nerviosos, la visita del Juli. Home de pell clara i fina, mirada simpàtica, cabells arrissats i facilitat de paraula, queia bé a tothom perquè era l'encarregat de vendre l'excedent que els membres no es fumarien. No era potser el més fort, però tots admiraven el seu valor, ningú li hauria canviat el lloc, malgrat que alguns – en secret – se l'imaginaven quedant-se una comissió que, en tot cas, qualsevol hauria justificat donada la perillositat dels seus viatges. En el fons, pocs es deixaven amargar per aquestes sospites i a cap d'ells els importava massa perquè tenien tot el que desitjaven. Eren feliços, molt més que les abelles de ciutat que havien venut la seva vida per un grapat de marques i televisió per cable.

S'havia acostumat a anar pel carrer amb una maleta plena de droga, però carregar aquella enorme quantitat de diners li suposava una responsabilitat que el feia patir. Aquest últim viatge de tornada el posava més neguitós que els altres, per això preferia fer-lo ben d'hora. Un cop a l'estació, penjà la maleta del manillar de la bicicleta i rodejà el poble fins la Rosada; allà, al porxo, sentint l'escalfor del sol matinal, va obrir la maleta i va dividir els diners en set parts iguals. Els de la casa van rebre la seva part amb un ampli somriure, van abraçar-lo, el van convidar a fumar un porro de la reserva especial de l'any i el van cobrir d'afalagaments, la Berta – que recentment discutia amb en Robert – inclús se'n va acomiadar anomenant-lo “el meu heroi”.

  • Vine després a dinar que avui farem llenties.– va dir la noia gesticulant amb fervor.

  • D'acord, quan acabi passo per aquí.

  • Sí, nosaltres avisarem a la teva dona que he de passar per casa vostra. - va dir en Robert des de darrera la Berta.

  • Va doncs, deixo aquí la bici que avui fa un dia esplèndid per caminar descalç.- va deixar la bicicleta al terra i va llença les sabates despreocupadament.

Va arribar a la Guspira amb una amplíssima satisfacció a la cara, fruit del contacte amb les pedretes del camí que, lluny de molestar-lo, li encenien els lòbuls com una mossegada o una rascada a temps. Van rebre'l amb una festa, va abraçar-los a tots i va cantar amb ells algunes cançons protesta. Ja tenien el dinar fet – “si que dinen d'hora, amb els nervis no deuen haver esmorzat” va pensar en Juli – i el van convidar, però ell va excusar-se. Això sí, com que es sentia eufòric i li quedava una bona passejada va menjar-se una cresta de verdures d'un parell de mossegades. Caminant cap a la Bruixa apurava el gust de la cresta, que havia gaudit tant com la primera vegada que en va provar una o com si no n'hagués menjat durant anys. Un estol d'ocells va creuar el cel xisclant i sense formació, fugint d'un fred que encara no havia d'arribar.

Va picar a la porta i les feministes van saludar-lo des de la cuina:

  • Ei Juli! Passa que estem preparant una mica d'opi.

Va fer una pipada i es va aguantar el fum, però no gaire perquè encara no havia acabat el seu trajecte. Va quedar-se una estona, rodejat d'aquelles noies de dits llargs, ungles esgrogueïdes i cabells castigats. Ningú parlava, deixaven anar gemecs de satisfacció, s'estiraven les articulacions i, quan es trobaven la mirada, somreien amb placidesa cordial. Li va semblar que no havien passat ni deu minuts, però quan va sortir d'allà, totes dormien.

Abans d'arribar a la Lluna ja sentia els gemecs de l'Olga que esperonava la seva parella amb insults i amenaces. Va entrar sense fer soroll, però en Xavi, des de l'habitació de dalt, li va donar les gràcies i va continuar en el seu esforç per saciar l'anhel torrencial de l'Olga. Al tancar la porta darrera seu un cop d'aire li produí un calfred. El camí fins a la Brisa se li feu llarg, la humitat de les herbotes del camí el molestava als turmells. Se li feu estrany que els rosers de l'entrada estiguessin desflorits, li semblà que la façana de la casa necessitava una capa de pintura. A dintre no hi havia ningú, així que va deixar els diners a la porta, posant-hi un roc a sobre per tal que no volessin.

El pas se li havia fet feixuc i la idea d'anar descalç ja no li semblava tant genial. Tenia gana, però a la Pinacoteca tots anaven d'àcid, així que no li va semblar oportú demanar res de menjar. Va ballar amb l'Àfrica, filla de l'Ana i d'algun noi de per allà, i en una de les voltes va sentir una punxada molt forta al taló: s'havia tallat amb uns vidres trencats. Cridà de dolor, però es va reprimir la ràbia: per què eren tant deixats? Per què sento com una estupidesa infantil haver volgut deixar les sabates? Amb la bicicleta ja faria hores que hauria acabat i ara potser la Berta m'estaria fent un massatge. Mentre li feien les cures escoltava els discursos al·lucinats d'aquella gent, se li feien una mica incoherents i, per primer cop a la vida, se li van fer pesats. Va demanar unes sabates, però no en tenien, li van dir, en canvi, que li deixarien una americana vella.

A més d'un quilòmetre de la Gossera ja sentia bordar els animals amb estridència i una escalfor que reconeixia com un mal de cap imminent s'apoderava dels seus templans. Va aturar-se, no en tenia cap ganes d'entrar allà dins. Qui li manava prendre's totes aquestes molèsties per aquesta colla de dròpols? S'havien apartat del sistema i sobrevivien prou bé, però la distància que havien pres els havia ensenyat alguna cosa? Què feien ells per canviar el món? No menjar carn i procurar no tocar gaires diners? Arribant a la Gossera va notar que la ferida del peu li coïa, se li podia haver infectat en tan poca estona? Va veure els llums dels cotxes que passaven per la carretera i va sentir enveja d'aquells conductors que, des de l'estabilitat de la seva vida d'oficina, podien sentir l'automòbil com un artefacte de llibertat. Amb una certa por envers els gossos que no paraven de bordar, va arribar fins a la porta i va entrar. Sense apartar la mirada de la pantalla on es mataven ni deixar els seus comandaments, va sentir com els germans li deien:

  • Juli... Juli... Juli... Per fi. Tens la pasta?

  • Sí, és clar. Escolteu, aquests gossos estan com molt agr...- no el van deixar acabar.

  • Que què? Sí, sí, escolta, deixa-la per aquí i ja ens veurem que estem a punt d'arribar a l'última pantalla.

Sense que el veiessin va entrar a l'habitació del Max, que havia treballat de cambrer anys enrere – o potser era als caps de setmana? - i va posar-se la camisa blanca i els pantalons i les sabates negres que utilitzava. Va sortir per l'altre porta i va veure-hi la moto que sabia que els germans s'havien comprat feia no gaire, tot i que feia l'aspecte d'haver estat parada durant anys. La va empènyer fins a la carretera i l'arrencà. Qui sap, potser el seu tiet encara li oferiria aquella feina de la que tant s'havia mofat, buscaria una novia amb qui anar al cine i que pogués presentar als pares, i acumularien mel en un piset de mobles suecs.

"Sólo decirte" por Jennifer Puertas Duque (Opción A)

Un día soleado. El mar bajo nuestros cuerpos. EL cosquilleo de las olas, acariciándonos la planta de los pies. El barco azul a lo lejos. Tu mirada clavada en mis pupilas, pidiendo a gritos un beso. Mi boca buscando la tuya, jugando al tímido disimulo propio de la edad. Mi tropiezo con el castillo de arena y mi torpe caída, que provocó la carcajada de ambos. ¿Recuerdas? Eso te hizo desearme más. Decías que esa inocencia era la que me hacía distinta, esa sensibilidad de la que yo siempre me quejaba e intentaba ocultar con una coraza imperturbable y frívola. Nunca me gustó sentirme vulnerable. Sin embargo, ¡ya ves!, eso era lo que más te gustaba a ti. Qué paradójico, ¿no? Pero ¿qué es la vida sino una paradoja? Cuando más feliz me siento, la muerte me pisa los talones y ha decidido arrebatarme mis sueños, forjados a fuego, fuego que ahora se convierte en enemigo traidor.

Allí comenzó todo: en aquella playa. La historia de nuestras vidas, entrelazadas desde entonces como una enredadera ansiosa de expandirse, a la que hay que encauzar para que no se escape demasiado lejos, a otros jardines solitarios.
Y ahora aquí estoy. Un día soleado pero distinto a aquel. Entonces, el fuego que me quemaba era el deseo de fundirme en tu pelvis. Ahora, el fuego, ya próximo, derrite esa figura carnal. El edificio huele a desesperación; puedo oír los gritos desde las oficinas colindantes. Pienso en tirarme por la ventana. Mejor eso que esperar a que la muerte me alcance; prefiero una muerte rápida a morir lentamente, sintiendo el dolor en cada punto de mi cuerpo, pero el rudo asfalto bajo los cimientos no invita a lanzarse al vacío…

Tu mirada: lejana e ignorante, preparando una cena para dos. ¡Qué ironía!

Intento mantener la calma; creer en los milagros, pensar que estoy soñando, que nada es cierto ni siquiera que te quiera más que nunca. Saber que no te volveré a ver, me enloquece; siento ganas de arañarme la cara hasta sangrar, como si así fuese a encontrar algún resto de ti. La conciencia de la inmediatez letal me angustia y turba por momentos. ¡No soportaría el olor quemado de mi propio cuerpo, verme rodeada por las llamas sin escapatoria! Uno nunca piensa que le vaya a tocar. Y menos tan joven, de un modo tan cruel. Sin embargo, llega sin avisar, poniéndote una mordaza para que no grites ni te quejes. . Te ata de pies y manos; dejándote inmóvil y aterrorizada, como si en ese momento el cañón de una pistola enfriara tu sien.

Recopilo imágenes, instantáneas de lo que fuimos. Visualizo los frames de mi existencia en este mundo complicadamente bello. Nuestros proyectos se truncan aquí, en este despacho gris, ausente de vida, casi sin oxígeno. El humo negro es irrespirable, está colándose entre las rendijas de la puerta; me siento mareada, tengo sueño. Sólo decirte q____

(A)mor(t) -Helena Ortiz, opció A-

Cada vegada hi ha més sirenes congregades al carrer, imagino les corredisses dels bombers i em preparo per perdre't. Però sé que la meva pèrdua no és assimilable a la teva: tu continuaràs existint, jo escric el meu testimoni mortuori;  tu hauràs de construir el meu record i, creu-me, no serà fàcil. T'esperen uns dies convulsos, unes hores que, de ben segur, voldràs incinerar, i no podràs, hauràs de resistir i, qui sap, potser de l'emboscada de la meva mort en treuràs noves perspectives. El foc és devastador, així ens l'ha definit la nostra cultura, el pitjor dels mals, el dimoni i l'infern, el càstig etern, però atrapada en ell no puc sinó sentir-lo com un moviment alliberador. 

M'agradaria confessar-te tota la veritat, dir-te que potser m'he deixat atrapar, que aquest inici no és més que un retret que em faig a mi mateixa, però sé que això no t'ajudarà i, malgrat tot, ja ho veus, ho deixo per escrit. Estic passant per uns moments complicats, l'alarma de la culpabilitat ressona dins meu i m'empeny a parlar-te i recordar-te. Tu sempre estàs preparada abans que jo, jo no puc sortir de casa si abans no he ordenat el bolso i els quatre jerseis que m'he provat abans de decidir-me pel que porto posat, el que portava posat perquè, aquí dins, la temperatura ha començat a pujar. El terra crema i la suor m'empapa i, de tan en tan, sento el meu cor a la boca de l'estómac, cada cop hi ha més fum i segueixo sense poder obrir la porta. Maleïda porta, maleïda saleta, maleïda feina... Una pila de papers, ha estat això, tres seguiments de premsa a mig fer i un de quart que m'han encarregat a primera hora. Necessitava una carpeta urgentment, com si algú m'assegurés que, després de classificar els papers, pogués vèncer l'arcada que em provocava el fet de saber que hauria de començar una nova ronda de trucades. Control i ordre, premisses que m'han portat fins aquí, premisses de les quals no puc escapar. 

Organitza una cerimònia íntima, res d'Església, només família i amics i, siusplau, fes-me un favor, que el recordatori sigui senzill, res de creus ni de coloms; em sembla que la Maria sabrà escollir-nos algun vers bonic per acomiadar-me. No moriré carbonitzada, estic captiva a la saleta de material i no puc obrir la finestra, que està encallada. A poc a poc em va faltant l'oxigen, segurament moriré ofegada i semblaré un salmó fumat, faré olor de gitano com deia la meva àvia. Em trobaran mig nua, amb el conjunt de roba interior que em vas regalar fa tan sols quinze dies, aquella nit de formatges i xerrera i vi i música. Vas dir-me que aquesta vegada sí, que creies que inauguràvem una etapa en què tot estava per fer. El teu canvi de feina, la meva decisió de llogar el taller. Sempre he envejat la teva energia, la teva inesgotable il·lusió cap al futur; no ho perdis, em sents? Tan sols fa quinze dies i jo ja ho veig a anys llums, em col·lapsa una sensació alhora d'abisme i d'espiral, em roda el cap i de tan en tan unes pampallugues elèctriques fan tremolar aquestes línies. Aquella nit tu estaves elèctrica, em vas despullar com només tu saps, vam irradiar-nos les dues i, al matí, després d'una dutxa i tot esmorzant, em vas dir que no volies més dubtes, que m'era necessari confiar i viure intensament el dia a dia, l'art, casa nostra, la feina, el taller... Continua obrint pas, em deies, lluita per fer el que t'agrada, obstina't, però fes que no sigui per amagar-te, fes-ho d'una manera sincera. Em vas remarcar que si calia anar contra l'ordre establert, ho fes encara amb més ganes, i és curiós, ara mateix no puc deixar de pensar que tothom ha sortit corrents i que jo estic aquí atrapada, aquesta ha estat la meva manera d'anar contracorrent. Em quedaven tantes coses per ser al teu costat...

Tusso i dubto i torno a estossegar. M'horroritza la meva pròpia imatge, el pols tremolós i aquesta estranya sensació de plenitud. No sé si he començat a escriure aquesta carta per tu o per mi. Segurament per mi, necessitava unes quantes paraules, aquestes paraules, que poden sonar buides, però que vessen tendresa, perquè em regalen un últim cop el teu cos i el teu amor.  M'agradaria alleugerir-te el pes d'aquest adéu, que les meves mans poguessin lliscar per aquest tros de paper amb la mateixa agilitat amb què pinto mentalment el teu retrat, però se m'escapa la força i l'energia em falla. Em  retrec els dies en què el meu ha estat un estimar crepuscular i altiu, però m'aferro a la nostra passió quotidiana ara que el temps comença a eternitzar-se. Em sento prenyada de tu, avui, dins d'aquest final, em sé lliure; la meva entrega és total i plena i, sobretot, sincera. 

Prometo ser al meu enterrament i al teu dol en la distància d'aquesta carta, no per ferir-te sinó per acompanyar-te una vegada més i no amb el cap cot, sinó amb la mirada ben alta, resisint pacíficament al meu oblit. Hauràs de ser pacient com sempre ho has estat en la nostra història, sigues la forta un cop més i construeix-me per poder oblidar-me després, per confiar de nou en el futur. Recorda que tot està per fer.

T'estimo,  

Lola.  


"La sombra" por Juan J. Rastrollo (Opción B)

De un pisotón atrapó su sombra. Se mantuvo inmóvil durante unos segundos sin saber si era mejor moverse o dilatar aquellos momentos de felicidad después de la galopada que se había dado. Entonces pudo rememorar los cinco minutos anteriores que le habían llevado hasta allí en aquella aciaga mañana.
Después de recoger su maletín de piel, el vecino del Primero B, salió a la calle despeinado, con su abrigo gris de espiga y anudándose la bufanda en dirección contraria a las agujas del reloj. Se abrazaba a su maletín a la vez que sostenía su paraguas preferido también rematado con escogidos bordes de piel gris. Ensimismado en tan acorde sinfonía de ademanes rutinarios, el vecino no se había dado cuenta de que ya había dejado de llover y no era necesario de momento abrir el paraguas. Un tibio sol asomaba desde las azoteas de los edificios de la ciudad y el vecino empezaba a tener esa sensación de bochorno propia de alguien que en mayo sale a la calle vestido de crudo invierno. Decidió entonces desmontar su armadura de exquisitos paños y con una sonrisa displicente miró su entorno. Vio que los transeuntes caminaban apresuradamente a sus tareas acompañados de sus respectivas sombras que les seguían con ávido desasosiego. Súbitamente miró hacia el suelo y vio el perfil de su sombra. Esto le pareció algo extraño habida cuenta de que la estaba mirando de frente. Se volvió hacia atrás para ver si el sol seguía ahí y efectivamente lo estaba. Giró de nuevo la cabeza y vio cómo su sombra huía dando pasos agigantados. Sin pensarlo salió corriendo atravesando la calle tras su sombra que iba en dirección hacia la avenida. Él corrió hasta llegar al semáforo que se le puso en rojo. Ya para entonces la sombra había cruzado el paso de cebra burlando la intermitencia del semáforo. Tras unos instantes de espera, continuó la persecución y el vecino pudo otear que la sombra se había detenido y se miraba de arriba abajo. Estará reconociéndose a sí misma, pensó el vecino del Primero B mientras corría y acortaba la ventaja con respecto a la sombra. En eso pisoteó una hoja de un periódico que curiosamente había ido a parar a sus pies y cuyo titular decía “Me llamo Rubén y estoy embarazado de gemelos”. Se detuvo a reflexionar sobre lo que había leído, pero, al instante, continuó su carrera tras su sombra y pensó que se estaba volviendo loco.
Tras unos minutos de idas y venidas por las calles del barrio, la sombra se dirigió al Parque del Este y el vecino, apresurado, empezó a desprenderse de la bufanda, del abrigo y del paraguas. Con respecto al maletín, lo asió fuertemente aferrándose a él como si fuese lo único que le quedaba tras la pérdida de su sombra.
La sombra se dio un respiro y se introdujo en el primer vergel que halló al entrar al parque. Era consciente de que ya no era una sombra negra y que la verdura actuaría como su aliada; pero, en cuclillas, estando escondida y confiada, sintió un peso enorme que la dejó aplastada en el césped. Un Lottusse del cuarenta y cuatro la sometió durante unos segundos, los suficientes como para que agonizara y se desintegrara en el césped en una especie de polvo gris.
Tras la desaparición de la sombra, el vecino cayó desplomado al suelo como atraído por el vacío.

30.1.10

“Cuestión de honor” por Paola Morales (opción a)

Aún no me envuelven, pero el momento parece inevitable. Pensar que todo se debió, podría apostártelo, a la mujer esa que es como una sombra, pero de ésas que molestan, que uno quisiera que no le siguieran, pero que siempre lo logran con ¡tanta gracia! ¿Será que éstas como cenizas que comienzan a caer son su pequeño esqueleto hecho polvo?, otra vez lo está haciendo ¡y con tanta naturalidad! Siempre me molestó tanto, ya ves que siempre te lo decía, pero ahora ya es historia.

La sonrisa que desliza la ironía me obliga a disfrutar el saber que ya no alcanzaré a verte en ese mostrador de aerolínea de bajo costo en el cual quedamos, pero ahora te tendré todo para mí, tal y como me hubiera gustado recordarte, ya sabes eso de la sombra incómoda. Es mejor así, nos quedaremos con las ideas menos sinceras que nos hicimos de nosotros mismos. Siempre es así, dejándonos llevar en ese pensar sin descanso que no para ni en las cosas más absurdas. Sé que ni siquiera podrás leer esto, porque cuando ellas me tomen se habrá acabado todo. Nunca fue lo que decías que pensabas, sé que hice lo debido y aún aquí no te hablaré de mis verdaderos sentimientos, aún en esta última franja pretendo ganar. Y a pesar de todo, seguiré dándote esa simulación del amor, que me hizo más mal que bien, dentro de los siguientes siete minutos. Cuando lleguen hasta mí, la reacción química de oxidación terminará de desprender lo que yo no pude. Siento una alegría malsana al pensar que lo peor te lo vas a quedar tú. Te lo dije, he ganado.

28.1.10

"Kramer versus Kramer" por Nada Marrazzo (Opción B)

“Kramer versus Kramer” por Nada Marrazzo (Opción B)

La ciudad yacía a sus pies ruborizándose en los primeros rayos del amanecer. Abajo, en sus abismos, quedaban apagados los murmullos del tráfico mientras un helicóptero zumbaba alegre en la cercanía. Tuvo que entornar los ojos para que la cascada de cristales que tenía en frente no le cegara con el reflejo del alba. Estaba colgado en una plataforma de acero suspendida a doscientos pies sobre la dura realidad del asfalto. Aunque nunca miraba hacia abajo, la conciencia del vacío estaba allí. El miedo, agarrado como una lapa a sus entrañas, le avergonzaba cada día, pero no hacía nada para desalojarlo. Se quedó mirando un ave cuyo vuelo quedó suspendido en el aire frío de la mañana. A lo lejos, las siluetas centelleantes de monolíticos rascacielos.

A través del vidrio ahumado vio cómo las oficinas del trigésimo piso empezaban a hormiguear con las personas de la limpieza, sus carritos y sus caras extraviadas por el sueño. Un par de ellas le saludaron con la mano en alto y un “¡Buenos días!” adivinado más que oído. Sintió algo similar a la alegría y, apurado el café que quedaba en el fondo de su termo, agarró enérgicamente las herramientas de trabajo y empezó a sacarle brillo a aquellas superficies evanescentes. Aunque no le gustaba estar solo, agradeció profundamente el silencio aquel día. De repente pensó que si lograba despachar temprano los diez pisos que le tocaban, podría visitar a su madre al otro lado de la ciudad. Le llevaría flores y hablaría con ella. Esta resolución le hizo sentir bien. No veía a su madre desde…Sí, hoy iría a verla, pero antes terminaría su trabajo y lo haría bien, como siempre, a pesar de todo.

Al cabo de media hora, accionó la palanca y con un ligero zumbido la plataforma se desplazó al piso superior. Sintió la brisa en las mejillas y el acoso del vértigo en el bajo vientre. Adentro, el ascensor en aquel momento se abría y regurgitaba oficinistas con sus maletines, sus tazas humeantes de poliestireno, sus caras edulcoradas. Los vio conquistar los espacios como quien marca territorio y todo el ritual le resultó muy familiar. Algunos ojos llegaron hacia él observándolo con el mismo interés con que se mira a una mosca posada en un vidrio, sospechó que, de estar a tiro, lo habrían aplastado con la misma crueldad. Siguió su trabajo con esmero, quitando cada mota, cada sombra y luego subió una vez más. Y una más.

Había una reunión en las oficinas de Kramer & Sons, John Kramer estaba de pie, un vejestorio enfundado en un traje hecho a medida por algún sastre obsequioso de Saville Row, al anular derecho un anillo gordo marcado con un oscuro monograma y ladrando como siempre recetas contra el desastre financiero a una mesa de caras atentas y rapaces. Cuando proyectó su sombra de insecto mecanizado en el interior, todas las caras, como girasoles buscando la luz, se volvieron hacia él, algunos bajaron los ojos avergonzados, otros le sonrieron evasivos, otros miraron a Kramer como esperando una señal. Kramer ladró algo y restableció sin esfuerzo la docilidad en la mesa. Habían borrado su presencia en menos de diez segundos. Vio su oficina, ahora ocupada por un joven de barba lampiña y mirada huidiza; vio a Tessi, la secretaria, ya próxima a la jubilación que, mientras ordenaba unas cartas, trataba de borrar una lágrima. Se la agradeció con una débil sonrisa pero sintió vergüenza. La vergüenza y la rabia le explotaron dentro con tanta violencia que accionó la palanca sin darse cuenta y dejó atrás y abajo su derrota en pocos segundos. Le pareció escuchar risas ahogadas y la palabra “escándalo” una y otra vez pero sabía que era imposible. Él estaba al otro lado del cristal; estaba al otro lado de todo. No le importó su huida aunque le temblaban las manos y se las miró asombrado. Pensó que eran las manos de un viejo, de un perdedor. Cuando levantó la vista, el cristal se había convertido en espejo y pudo verse. Se quedó largo rato perdido en la contemplación de si mismo.
Si alguien desde el interior de las oficinas hubiese mirado hacia fuera, habría visto a un hombre ya entrado en años, distinguido, a pesar de su ridícula uniforme de trabajo, suspendido en el aire por hilos de tristeza.

Apuró los pisos que le faltaban con una debilidad creciente, la enclenque alegría de la mañana se había esfumado quién sabe en qué sitio, sintió todo el peso de su edad en cada movimiento, en cada arco que trazaba con sus brazos. También el cielo le daba razón, el aire diáfano de la primera mañana había perdido la lucha con un tinte negruzco que amenazaba llanto. Recordó que quería ir a visitar a su madre, que el sendero del cementerio se volvería impracticable con la lluvia. Sintió un deseo punzante de estar con ella, amparado en su cercanía. Un ave negro, quizás el mismo de antes, rondó lanzando gritos de socorro y cortando el hilo del horizonte con sus alas. John Kramer Junior le siguió largamente con la mirada e, incorporándose de pronto, decidió imitar su vuelo.

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